IT ONLY TAKES TIME
Edición anotada · Gary, Indiana, marzo–abril de 1987 · 95 láminas
Marcos Cabobianco · Aparato: ATEM · 2026
Edición anotada del cómic de la gesta de Gary, el Mundo Nuevo. Los másters no llevan globos: el letrado va en cartelas bajo cada lámina. La prosa que acompaña las láminas es La Señal — la voz que entra cuando el televisor deja de tener canal —, y las notas del costado son la capa diegética del aparato: G resume y enlaza la ficha del Glosario, E marca el eco con otra lámina u otra gesta del Archivo, I el referente de afuera. Las notas se anclan a la viñeta (v1, v2…); la marca «·» señala nota general. La edición crece por rollos: lo que todavía no tiene imagen queda en nieve.
Lo que queda cuando el canal se va
El cielo sobre Gary era del color de un televisor sin canal. Eso lo decían los que vivían ahí, y no era una figura: las acerías habían dejado el aire cargado de un gris fino que a la noche tomaba la luz de sodio de las calles y la devolvía hecha nieve. En 1987 la ciudad tenía ciento diez mil habitantes, dos autopistas, un lago, y el setenta por ciento de su industria cerrada. Los que podían irse ya se habían ido.
Esto es lo que quedó grabado. No en una cinta —las cintas se pierden, se graban encima, se comen en la videocasetera—, sino en el ruido. Cuando un canal deja de emitir, la pantalla no se apaga: se llena de una estática que es la radiación de fondo del universo, el eco del primer segundo de todas las cosas, filtrado por una antena de techo. Ahí, en ese ruido, hay orden si uno sabe esperar. La gente de Gary sabía esperar. Lo que sigue es lo que la nieve dijo.
Habla de seis personas que no se conocían, o se conocían mal. De una fundación que se llamaba Génesis y daba becas. De un chico francés que dejó de escribir cartas. De una ciudad construida sobre arena en 1906 por hombres que creían en el acero como otros creen en Dios, y de lo que esos hombres enterraron debajo, porque sabían.
La Señal no explica. Muestra. Lo que no vio, no lo cuenta; donde la imagen se rompe, deja el corte. Eso es todo lo que puede prometer.
I. La ciudad que nació sobre la arena
Tres linternas sobre la orilla. Detrás, el perfil de las acerías muertas, y detrás de eso, el resplandor de las que aún no habían muerto, que teñía las nubes de un naranja de fósforo viejo. La luna estaba llena o casi. El agua del lago no se movía.
Los tres eran adolescentes. Jean, campera de jean, botas. Ninguno hablaba. Uno bajó el haz hacia el agua y el agua devolvió algo: una manga de cuero rojo, un guante de lentejuelas que atrapó la luz y la partió en cien puntos blancos. Un cuerpo, o la forma de un cuerpo, hundido a un metro de la superficie, entre las raíces sumergidas y el limo. La cara no se veía. Nunca se le vería la cara.
Un auto había quedado con los faros encendidos sobre la grava, mirando al lago, como si también él estuviera esperando. Los tres se quedaron parados con las linternas apuntando al mismo punto, sin acercarse. Sabían lo que era el lago. Sabían lo que Gary había tirado al lago durante ochenta años.
Ésa fue la primera imagen. Después vino todo lo demás.
Ciudad acerera sobre la orilla sur del lago Michigan, a cuarenta kilómetros de Chicago. En 1987 la industria que la creó está cerrada en un setenta por ciento y las pandillas ocupan lo que el acero dejó. Dos datos la marcan en el imaginario: aquí nacieron los Jackson, y de aquí se fue el acero.
La campera de cuero roja y el guante de lentejuelas son el único rojo que la edición se reserva. La figura sumergida no muestra la cara en ninguna lámina; el encuadre exacto de esta tapa vuelve en la 095, la contratapa, con la ciudad entera encendida.
La Señal abre con una variación de la frase con que empieza Neuromante (1984), la novela que fundó el ciberpunk tres años antes de esta noche: el cielo sobre el puerto tenía el color de un televisor sintonizado en un canal muerto. La imagen de la nieve de pantalla gobierna toda la edición.
Gary, Indiana. Fundada en 1906 por la United States Steel Corporation sobre un cordón de dunas al sur del lago Michigan, bautizada con el apellido del presidente del directorio, planeada en una mesa de dibujo con la forma de una T: el acero arriba, junto al agua, y la ciudad colgando debajo. Ochenta años después la T seguía ahí, pero el acero se había ido a Corea y las chimeneas eran frías.
La calle principal tenía las vidrieras tapiadas con madera. En una esquina ardía un barril, y alrededor había gente que no tenía frío. Hacia el sur, las dunas que la ciudad había aplastado volvían a subir: la arena entraba por las ventanas de las casas vacías y llenaba los livings hasta la altura de un hombre. Alguien había escrito, en los años veinte, un libro sobre Gary que la llamaba la Ciudad Mágica, porque había salido de la nada. Lo que sale de la nada tiene una sola manera de volver.
El cartel de bienvenida estaba a la salida de la autopista, agujereado a tiros, oxidado hasta el blanco. No decía nada. No hacía falta.
Fundada en 1906 por la United States Steel Corporation sobre las dunas del lago y bautizada con el apellido de Elbert H. Gary, presidente del directorio. Ciudad planificada en forma de T: la planta arriba, junto al agua; la ciudad colgando debajo.
Un libro de los años veinte la llamó Gary, the Magic City porque salió de la nada. La ciudad tiene sus propios mitos de creación y su mito de destrucción: muchos dicen que puede desaparecer, tragada por la arena otra vez.
La arena que vuelve sobre la ciudad rima con lo que la gesta revela al final sobre el mundo entero: que no es el de siempre sino uno que quedó después de que dos se tragaran juntos. Vuelve en la 079, cuando el mundo recibe nombre.
Seis personas. Las presenta la nieve, una por una, como fotogramas de un rollo que alguien pausó.
Un chico pálido, de diecinueve años, despertando entre los helechos con una pistola al lado y una guardaparque de pie sobre él con la linterna encendida. No recordaba cómo había llegado ahí. La pistola olía a disparada.
Una mujer con una máscara de luchador mexicano y guantes rojos, en un ring clandestino de un galpón sin nombre, pegando para que no se supiera su sexo hasta el último round. Se llamaba Chantal.
Un hombre de veintiséis con traje antiflama lleno de parches, puliendo el capó de un Buick en un lavadero abierto las veinticuatro horas. Glob. Había sido corredor. Un día, con la sangre llena de polvo, había chocado un auto que no era suyo.
Un adolescente de campera de jean sacando un juego de llaves del cajón de una cómoda ajena, a la luz de una lámpara. Danny De Sirio, al que nadie llamaba Danny.
Un chico negro con la cara verde de fósforo frente a un gabinete de arcade, las manos rápidas, la boca abierta. Ray. El último juego de la Robot Fire Arcade era el Space Harrier, y él lo jugaba muy bien.
La guardaparque otra vez, en su atalaya de madera, mirando pasar un helicóptero que no debería haber estado ahí. Sasha.
Todos veían algo que los demás no veían. Todavía no sabían qué.
Diecinueve años, chico prodigio de familia acomodada, formación científica de privilegio. Trabajaba en la Genesis Foundation hasta la habitación blanca. El archivo lo registra como el compañero que entra humano y sale otra cosa.
Despierta desnudo en el bosque, sin memoria, con un arma al lado; lo encuentra una mujer; en la casa de sus padres no hay nadie. Es la figura que abre el relato del nacimiento del héroe: el niño expuesto que el falso padre quiere muerto y el verdadero reconoce al final.
Chicana nacida en Gary, cirquera, cuidadora de animales, boxeadora clandestina con máscara mexicana para que no se supiera su sexo hasta el final. En el barrio le tienen miedo. Alguien la busca.
Veintiséis años, conductor y lavador de coches de un garage de veinticuatro horas, hijo de un corredor. Fue un atleta con futuro hasta el peor día de su vida: chocó, con la sangre llena de polvo, un auto que no era suyo. Le dicen Glob, Glove o Glovi.
Danny De Sirio, diecisiete años, el chico popular con documento falso al que llaman para comprar cerveza. Le roba el auto al padrastro para salir. El nombre por el que todos lo conocerán todavía no lo tiene: se lo pone en la 015.
Diecisiete años, compañero de secundaria de Danny, ratero de poca monta con conexiones que los pibes del barrio no denuncian. Anda por la Robot Fire Arcade, donde el último juego es el Space Harrier, y lo juega muy bien.
Veinticinco años, guardaparque de la Reserva de las Dunas. Investiga lo que en el parque llaman actividades paranormales; por eso, quizá, no tiene demasiada apertura hacia los seres humanos. Fue ella quien encontró al chico del bosque.
En una ciudad donde había cerrado todo, abrió una fundación.
El edificio estaba entre casas muertas y no se parecía a nada de Indiana: un bloque de acrílico blanco, encendido desde adentro como una heladera, con cuatro torres en las esquinas que remataban en anillos de metal. Las torres zumbaban. Nadie del barrio sabía para qué eran, y nadie del barrio preguntaba.
La fachada de abajo era una guardería. Chicos de guardapolvo cultivaban una huerta perfecta, hilera por hilera, bajo un sol que parecía también de acrílico. La imaginería de la fundación hablaba de nuevos niños que estaban naciendo. Daba becas. A los becados les hacía exámenes.
Arriba estaba Clara Kling. Traje blanco de corte masculino, pelo platinado tirado hacia atrás, un cigarrillo largo que nunca encendía, zapatos en punta que nunca se ensuciaban. Dirigía la Genesis Foundation desde un piso de oficinas de acrílico donde no había nadie. El pasillo era largo, blanco, vacío, y las luces del techo se reflejaban en el piso como en agua quieta.
El lema estaba en todas partes y no decía nada: It Only Takes Time.
Organización de fachada biotecnológica instalada en Gary con apoyo federal para reclutar Young Minds. Custodia un secreto bajo la ciudad y provee a quien le sirve armas que no son de esta época. La dirigen Clara Kling y Richard Bentham.
CEO de la Fundación, formada en Berlín. Traje blanco de corte masculino, cigarrillo largo sin encender, zapatos que nunca se ensucian. El archivo deforma su apellido de cuatro maneras; la edición usa Kling. Su caída es la lámina 054.
El lema de una fundación que se llama Génesis y examina niños. La industria del acero de Gary la levantaron los descendientes de Morgan, y esos descendientes dejaron una cláusula que obligaba a instalar el programa del que salió la Fundación: el padre muerto gobernando por testamento.
Lo último que Kendall recordaba era la habitación blanca. Dos hombres de traje lo habían sentado frente a un espejo, y detrás del espejo había alguien más, y detrás de él había entrado un tercero con una aguja. Sintió la aguja. Después, nada.
La nada tiene un color. Es el negro con el que un televisor rellena lo que no grabó.
Después de la nada, el bosque: el frío de la tierra en la espalda, los helechos, la pistola a un palmo de la mano con el caño todavía tibio. Sus huellas estaban en la culata. Alguien había disparado esa arma y ese alguien había sido él, o había tenido su mano.
Fue a la casa de sus padres. La puerta no tenía llave. Las camas estaban hechas, la vajilla en su lugar, ninguna taza usada. La compañía le había dicho que estaban de viaje. La casa estaba demasiado en orden para ser una casa de la que alguien se hubiera ido con apuro, y demasiado en orden para ser una casa donde alguien hubiera vivido.
Afuera llovía sobre un sedán con los faros encendidos, que no era de nadie que él conociera.
Kendall trabajaba para la Fundación desde chico y recibía inyecciones. Lo que entró por la espalda en la habitación blanca es el comienzo del arco que el archivo resume como circuitería en la sangre. Vuelve en la 027, el bautismo.
La viñeta vacía es el primer hueco de memoria del rollo. La edición marca los huecos, no los rellena: cuando la fuente se corta, la película se traba en el proyector. Vuelve en la 009 y en la 049.
Antes del amanecer el lago se puso de platino. Sobre el agua no había nada: una orilla, una lancha, el perfil de la costa. Pero Kendall, y solamente Kendall, vio la otra mitad: bajo la superficie ardía un fuego cian, un incendio de agua fría con el contorno doble de los tubos de neón, y las llamas subían sin calor y sin humo hasta tocar la niebla. Las acerías estaban cerradas. Nadie podía estar quemando nada.
Sasha lo había cargado hasta la cabaña de supervivencia del Camino de los Indios, entre las dunas: latas, arroz, bengalas, una lámpara colgada de un gancho. Cuando él abrió los ojos bajo la lámpara dijo, sin preámbulo, que estaba llegando una potencia cósmica. Que a este lugar. Y que ella era parte de su descendencia.
Ella era de una familia negra tradicional del norte. Nada de vudú. Se quedó en el umbral con el rifle a medio alzar, entre el desconocido que hablaba de potencias y las luces que se movían en el sector este del bosque, donde no había casas y no debía haber motos. Eligió las luces. Él la siguió, envuelto en una frazada, descalzo.
Un sedán pasó por la avenida mojada con las luces traseras encendidas. La ciudad seguía siendo la ciudad.
El fuego bajo el lago es la primera señal del dios que duerme bajo la ciudad. El archivo lo había nombrado antes que a ninguno, en un libro abierto por casualidad: un orisha de hierro, uno de los más poderosos de todos, en una ciudad de acero.
Lo que Kendall le dice a Sasha al despertar es lo que la Fundación busca: ella tiene una semilla, una descendencia directa de eso que está llegando. A él lo plantaron en el bosque, justo donde ella trabaja, para encontrarla.
Los seis empiezan con algo que el archivo llama dimensional sight: ven cosas que las demás personas no ven, un edificio que no estaba, un fuego bajo el agua. En la cabaña de Sasha aparecerá pronto un manual de campo de un departamento que no existe, dedicado exactamente a eso.
El Firebird entró al claro con un cassette del padre de Danny sonando y dos figuras a contraluz esperándolo junto a una camioneta. El trato era simple: doscientos dólares de Ray, treinta de Glob, un polvo nuevo que entraba por los docks del lago y que la gente de la ciudad llamaba la Ferrari de las drogas. Del otro lado estaba Chantal, que trabajaba para los que vendían, y un hombre de nariz rota con un perro blanco cosido en la campera al que llamaban Stinky.
Fue ahí. Entre los pinos, en el haz de los faros, apareció el chico del poncho, descalzo, con la frazada roja cerrada al cuello, y dijo que perdonaran, que no quería interrumpir, pero que estaba pasando algo en ese lugar. Ahora.
Los Dogs se pusieron nerviosos. Alguien chifló hacia la noche. Y la noche contestó: motos, muchas, encendiendo los faros a la vez desde el borde del bosque y cerrando un círculo de luz sobre el claro. Para el que no veía, eran motos. Para el que veía, en el borde de los pinos había siluetas que no eran de hombres, dibujadas en un contorno frío que sólo existe en las pantallas.
Chalecos negros con un perro blanco de lengua afuera y collar de púas. No son una pandilla vieja: a comienzos de 1987 su jefe mató a los líderes de las dos bandas grandes del oeste y se quedó con la jauría para mover un polvo nuevo que baja en botes por el lago. El de la nariz rota es Stinky.
Las siluetas de contorno frío en el borde del bosque son la primera vez que la edición muestra el mundo como lo ven los que ven. Vuelve en la 009, cuando los mismos hombres aparecen con la calavera puesta.
El error fue tocar el auto. Stinky levantó el revólver por la culata y reventó un faro del Firebird para reírse, y Danny y Glob, que hasta ahí estaban tranquilos, dejaron de estarlo.
Lo que siguió cabe en un solo fotograma barrido: el tiro al aire de Sasha con una pistola que nadie sabía que tenía, el bate de Glob cruzando el brazo de Stinky con un ruido de rama verde, el revólver en el suelo, Chantal decidiendo en medio segundo de qué lado estaba.
Entonces llegó él. Una Harley que sonaba distinto a todas las demás, con sidecar. Barba afilada, lentes negros a las tres de la mañana, y en el sidecar una cosa chica y fétida que no era un perro ni era un mono, con los ojos encendidos. Rat Killer, el Matarratas, que en dos meses había matado a los jefes de las dos pandillas del oeste y se había quedado con la jauría. No corrió. Los miró. Les dio ventaja.
El Firebird salió del bosque con un solo faro y seis personas adentro, cuatro atrás y dos adelante, por la avenida muerta de los suburbios que el acero había construido y la importación había vaciado. Para ellos empezaba la cacería.
El Matarratas. Barba afilada, lentes negros en plena noche, una Harley que suena distinto. Llegó a Gary a fines del invierno y en dos meses hizo lo que nadie: mató a los jefes de las dos pandillas del oeste y se quedó con ambas. Lo mueve la droga nueva, no el territorio.
La cosa fétida del sidecar es gobelinoide y no es ningún animal de este mundo. Es el primer dato del archivo sobre lo que Rat Killer arrastraba consigo; el segundo lo dará Kendall en la tienda de maniquíes.
Cuatro atrás, dos adelante, un solo faro. Es la primera vez que los seis de la 003 comparten un encuadre. La ciudad que atraviesan son los suburbios que el acero construyó para sus nuevos ricos y la importación vació.
Escondieron el auto en una tienda de maniquíes. Un local de galería anterior a los shoppings, vaciado de mercadería pero no de cuerpos: decenas de figuras blancas de pie en la oscuridad, y una sola linterna para saber quién era quién. Afuera, pasos, cueros que crujían, algo metálico probando la reja.
A Kendall le dolió la cabeza de golpe. Miró a los que acechaban tras las vidrieras y los vio con la calavera puesta. No una máscara sobre la cara: la calavera como parte de la cara, dibujada en el aire con un magenta que no venía de ninguna luz del local. ¿Eran máscaras o no eran máscaras? La humanidad es una máscara. Esa noche los Dogs se habían puesto las suyas.
El techo cedió. Entre el polvo y los cascotes cayó al centro del local un hombre arrastrando la bañera del piso de arriba, y se incorporó con un cuchillo de treinta centímetros y una sonrisa. Rat Killer sabía dónde estaban. Dijo: mirá los amigos que tenías.
Ahí la película se traba en la ventanilla del proyector. El fotograma se desregistra, se ven las perforaciones, la imagen se ampolla y se derrite en mitad del salto. Lo que pasó en esa tienda no quedó grabado. La Señal no rellena lo que no vio.
Kendall ve a los Dogs con la calavera como parte de la cara, no encima. La pregunta que el archivo conserva es si son máscaras o no son máscaras. Esa noche los Dogs se habían puesto las suyas; la edición dibuja la visión en magenta, el color reservado a lo que sólo el sight ve.
El local de galería abandonado, con los cuerpos blancos de pie en la oscuridad, es una locación de 1987: el mismo año se estrenaba Mannequin, y la mesa lo nombró. El género del que el cómic toma su luz es el mismo que el escenario cita.
La grabación de esa noche se corta en mitad del salto y el combate de la tienda no quedó registrado. La edición no lo inventa: donde la fuente se rompe, la película se derrite en la ventanilla. Vuelve en la 049, en la Torre de Cristal.
En el diner no había nadie, porque en Gary nadie tenía plata para un diner. Una chica rubia, de suéter rosa, resfriada, lloraba sobre una mesa cubierta de cartas. Enfrente, un hombre negro mayor, campera de cuero gastada, sombrero, ojeras, dejaba caer un chorro de la petaca en el café con la naturalidad de quien lo hace todas las mañanas. Jean-Baptiste. Detective privado. Nueva Orleans, hacía mucho.
Ella se llamaba Emily Larson. Su prometido, Francis Le Pen, francés, veinticinco años, había dejado un puesto en Chicago por una pasantía en la Genesis Foundation. Al principio escribía y llamaba. Después la cosa se enfrió. Después llegó una carta de renuncia que la fundación le mostró con una sonrisa: se volvía a Francia, con la familia. La familia, en Francia, tampoco sabía nada de él.
Ella puso la última carta sobre la mesa. Era su letra. No era él. Él jamás hubiera escrito eso.
Se dieron la mano. Por la ventana, al fondo, encendida en la noche como una heladera abierta, estaba la Genesis Foundation.
Estudiante de familia acomodada de Michigan, astilleros y madera. Su prometido dejó de escribir y después escribió mal. Los padres le dijeron que si el pibe se fue, se fue. Ella no lo creyó y bajó a Gary a buscar a alguien que la escuchara.
Detective privado haitiano, el más adulto del grupo. Campera de cuero gastada, petaca en el café, un revólver encima, una madre que le enseñó algo del vudú. Toma el caso por plata y lo sigue por otra cosa. Su golpe final está en la 066.
Veinticinco años, francés, brillante, pasante de la Fundación en el área de biología. Renunció hace dos semanas para volver a su patria, según el legajo. El archivo dice otra cosa de él, y la dice en la 029.
En una de las cartas, Francis contaba haber conocido a una Nancy que era muy importante para él. El detective lo conecta recién en la 016, y la pensión de la 017 apunta al sur.
Antes de Gary hubo otra cosa. La Señal la trae como lo que es: una emisión que se mete en el canal, seis pantallas de tubo encendidas en un living oscuro de 1987, con el fósforo verde ganándole al color.
Primera pantalla: nieve. Segunda: la nieve se abre a un vacío con puertas flotando, lejanas, y en el umbral de las puertas una congregación de esferas y ojos que espera. Tercera: en el centro del cosmos, entre soles, un sultán danza, airoso, girando. Aquel que está en el umbral de las puertas lejanas. Los que lo encontraron dijeron que era un ser de posibilidades incomprendidas, y que había otros mundos aparte de éste.
Cuarta y quinta: la emisión se degrada, se enrolla, vuelve a ser ruido.
Sexta: un televisor en una vidriera de Gary, con la ciudad de sodio reflejada en el vidrio, apagándose.
Ahí se cortó la historia. Y empezó Gary, Indiana, 1987.
Las crónicas del Mundo Nuevo nombran a esta potencia como la que cooptó el mecanismo de las plataformas, y ya figuraba entre los enemigos de otra gesta, en la Nueva York de 1784. Los que la encontraron dijeron que era un ser de posibilidades incomprendidas.
Un sultán en el centro del cosmos que danza airoso, entre soles: la figura viene del ciclo de los dioses exteriores, donde en el centro del caos último hay un sultán demonio, ciego e idiota, que tantea en la oscuridad al son de flautas.
La frase con que se cerró la historia anterior y empezó Gary. La gesta que la Señal interrumpe fue la del fin de un mundo doble; lo que sigue es lo que quedó. Vuelve en la 032 y en la 079.
II. Operación Armisticio
El hombre alquilaba una pieza con una lámpara de escritorio y una radio. Se llamaba Schultz, o eso decía el nombre bordado en el uniforme de seguridad que usaba de día en el perímetro de la Genesis Foundation. El sueldo que le importaba se lo firmaban en otro idioma. Lo habían formado en Alemania Oriental, después de que alguien en Moscú notara en él una actividad que no figuraba en ningún manual. Encendedor plateado. Traje azul. Un hombre que sabía cuánto podía correr sin perder el ritmo.
El morse llegó de madrugada, en inglés coloquial, escondido a la vista: Ask the kids. Follow their lead. La cinta perforada colgaba del escritorio hasta el piso.
Su operación se llamaba Armisticio. Terminar la guerra antes de que empezara. El diagrama que le habían dado brillaba en verde de fósforo: un anillo de hierro y acero, un agujero de gusano en miniatura, un dispositivo que necesitaba un lugar exacto del planeta para sostenerse. Gary no había sido construida porque sí. Vista desde arriba, con la ciudad superpuesta a un mapa más viejo, las acerías caían sobre alineaciones de piedra que los nativos conocían y otros habían conocido antes: megalitos donde ahora había torres de enfriamiento.
Schultz leyó el papel dos veces y lo quemó con el encendedor. Miró arder el borde. Después fue a trabajar.
Hace las rondas del perímetro de la Fundación y cobra ahí, pero el sueldo que le importa se lo firman en otro idioma. Formado en Alemania Oriental después de que alguien detectara en él una actividad que no figura en los manuales. Conoce su salida de emergencia en latidos por minuto.
Terminar la guerra antes de que empiece: no ganarla, terminarla. Dominio psíquico y portales, agujeros de gusano en miniatura abiertos donde el tejido de la realidad está delgado. Los portales necesitan un anillo de hierro y acero, y por eso Gary.
Los megalitos bajo las acerías son lo que Clara Kling le contará a Kendall en la lámina siguiente: la ciudad fue pensada como mágica desde el principio. Debajo hay una cámara esférica con seis puertas que abren a seis épocas. Vuelve en la 077.
Cuando Kendall volvió a su cuarto, ella estaba sentada en la cama. A oscuras, con el cigarrillo largo sin encender, las piernas cruzadas, el traje blanco recogiendo la poca luz de la ventana. Clara Kling no había forzado nada. Tenía llave.
Le dijo que entendía lo fuerte que había sido. Que estaba vivo, y que su mirada estaba cambiando. Lo llevó a la ventana y le mostró el amanecer gris industrial y le contó lo que la ciudad era: un lugar pensado como mágico desde el principio, sobre líneas antiguas. Él no había sentido una llegada, le dijo. Había sentido un despertar. Algo que estaba acá hace mucho, dormido, y que ahora empezaba a soñar.
Kendall miró la ciudad y la vio doble. Debajo del horizonte de chimeneas había un contorno, apenas, del color del óxido, largo como diez cuadras, con algo que podía ser un rostro. No lo tocaba la luz. Nadie más lo veía.
También le dijo que un muchacho francés muy prometedor, de una oficina cercana a la suya, había desaparecido. Y que sus padres estaban bien: la compañía les había dado un premio, la mejor suite del Holiday Inn. Él fue a verlos el domingo. Brindaban con copas de whisky y sonreían con toda la cara. Eran felices. Técnicamente.
El contorno de óxido bajo la ciudad es el dios de hierro que la gesta tardará en nombrar. Del cuerpo de esa potencia el archivo sólo fijó una anomalía: doce dedos en lugar de diez. Cuando aparece, aparece con la cara de otro. Su nombre verdadero se dice en la 091.
Los padres de Kendall, drogados hasta la cabeza y sonrientes en la suite del Holiday Inn, son los primeros de una serie: la Fundación muda a las familias de los compañeros con distintas excusas, y todas están contentas. Vuelve en la 042.
Danny rompió la puerta del garage desde adentro. Un robo tiene que parecer un robo: la madera astillada hacia afuera, las herramientas tiradas, el candado en el piso. El Firebird ya no existía y alguien iba a tener que explicárselo al padrastro. Mejor que fuera la policía.
Pero antes del 911 llamó a otro número. Fort Diamond Lake, base de la Fuerza Aérea. Pidió por el Coronel Falco. En la pared del pasillo, entre las fotos familiares, había una del coronel de uniforme, condecorado, con el fondo de un país verde. Vietnam. Prisionero largo tiempo, de los que vuelven distintos y no lo cuentan. Su tío por parte de madre, la única persona de la familia que le hablaba como a un adulto.
Le pidió que investigara un robo. Le dijo que quería ser su carta en la calle. La voz del otro lado tardó un segundo, y después dijo que las cosas estaban en movimiento, y que lo iba a contactar.
Después, castigado, sin auto, salió del Radio Shack de la avenida con un paquete chico bajo el brazo. No dijo qué era. Nadie le preguntó.
Oficial de la Fuerza Aérea, veterano de Vietnam, prisionero largo tiempo en las jaulas de bambú. Tío de Pontiac por parte de madre. El archivo lo nombra apenas, al final de una llamada, y fija la grafía: Falco, no Falcón.
La base a la que llama Pontiac lleva el nombre de un lago que el archivo vuelve a encontrar en un cuaderno carcomido: 1887, Diamond Lake, Chicago, un eclipse. Qué cerca. Vuelve en la 073.
Lunes, tres de la tarde, el diner vacío. Se fueron juntando en la mesa del fondo como si lo hubieran hecho toda la vida.
Glob llegó con una pila de panqueques y doscientos dólares que puso sobre la mesa, plata de la moto de Rat Killer que había vendido por una luca. Danny, que ahora se hacía llamar Pontiac por el auto que ya no tenía, había rapado los costados y se había levantado una cresta: chaleco de leopardo, remera blanca, Cherry Coke. Chantal se sentó sin decir nada; afuera, en la vereda, una jauría de perros de la calle la esperaba mirando la ventana. Kendall llevaba la cara pintada con un rayo, como en la tapa de un disco que todos conocían.
Compararon versiones. El pandillero no había explotado como una persona normal. Habían visto cosas distintas. Ninguna de las cosas era normal.
Un sedán corporativo estacionó frente al vidrio y bajó un hombre de traje azul, abriendo y cerrando un encendedor plateado. Se presentó como enviado de la fundación: Clara Kling había dicho que iba a hacer que estuvieran cuidados.
Cuando se levantaban, el viejo de la barra giró apenas el sombrero. ¿Kendall?, dijo. Soy detective privado. Me contrató la novia de su amigo.
Dos tarjetas quedaron sobre la fórmica, entre los billetes.
Desde esta mesa Danny De Sirio se llama Pontiac, por el auto que sacrificó en el claro. Cresta, chaleco de leopardo, Cherry Coke: el chico popular rehecho como punk en una semana. El archivo conservará ambos nombres.
Kendall llega pintado como la tapa de un disco de 1973. La gesta cerrará con otra figura de presencia Bowie, de tres metros y cabellera platino, que los llamará sus niños. Vuelve en la 091.
Desde la noche del claro, Chantal entiende a los animales sin hablar: los pájaros la miran, los perros se detienen. La jauría de la vereda es el primer signo visible. Un perro de metal la seguirá en la 024.
A las ocho cayó la noche y en la esquina de la casa de Glob se encendió un barril con gente alrededor. No hacía frío. Chantal y Glob lo miraron desde la ventana del altillo sin encender la luz.
El que se acercó a la puerta fue Stinky, con el brazo vendado y una máscara de chancho que le tapaba media cara. Detrás, una docena de máscaras de cerdo y de calavera, y el chasquido de los encendedores prendiendo trapos en botellas. Dijo que si no, le prendían fuego a la casa.
El padre de Glob había muerto en el fuego. Glob disparó primero.
La botella que volaba estalló en el aire y cuatro hombres rodaron por la arena envueltos en llamas, contra los faros de un auto que arrancaba. Después vino lo otro: un mastín negro, enorme, con collar, que nadie había visto llegar, mordió al que mandaba —el alto, el que había venido a mostrarse como el nuevo jefe— y lo arrastró por el suelo hacia la oscuridad. El ladrido era hueco, metálico, y salía de él en anillos que se veían.
Chantal miró al perro y el perro la miró. No era de ella. Nadie llamó a la policía.
Collar grande, ladrido hueco y metálico, y nadie lo vio llegar. El archivo no lo identifica con certeza, pero la gesta tiene un perro de metal viviente con triples dientes que rompe hierro y obedece a Chantal. Aparece en la 024.
El padre de Glob, corredor, murió en el fuego. La amenaza de quemar la casa fue la única que no podía tolerar. El nuevo jefe de los Dogs, mordido y en shock, dirá adentro el nombre que faltaba: la Tía Nancy.
La pensión de Francis Le Pen quedaba cerca de la zapatería de McDougall, en una zona todavía buena. Ganzúa, linternas, peldaños que crujían. El cuarto estaba vaciado con método, como vacía la gente que sabe lo que busca. Quedaba la cama de hierro, el colchón, la cómoda con la lámpara.
Bajo el colchón, un sobre de papel madera. Fotografías en blanco y negro, de una revista francesa de más de diez años atrás, con un olor a metal que subía del papel: mujeres de pie en interiores oscuros, y detrás de ellas, en el grano de la foto, sombras de patas largas. Las chicas araña. Un anuncio marcado con una casilla de correo en Nueva Orleans.
En el baño, la cortina arrancada y vuelta a colgar. En los azulejos, cuatro surcos paralelos de garra, hondos, rellenos de una pasta gris que no era yeso. Plomo. No había sangre. El baño es lo más fácil de lavar.
En el desagüe de la pileta, encajada, una tarántula muerta, grande como una mano, peluda, medio podrida. No era de la zona. Sasha recordó que entre los pájaros muertos del bosque también había encontrado una araña, más chica, que tampoco lo era.
Tres pistas, y las tres apuntaban al sur. A una tal Tía Nancy.
Aunt Nancy: matriarca de una facción clandestina en las profundidades de Gary, con una casilla de correo en Nueva Orleans y fiestas en las cuevas de las que no todos salen. Tortura con corte de dedos y marcas rituales; practica una alquimia de plomo a plata a oro. El nombre es un título, no una persona.
El plomo en los surcos del baño y la bala de plomo expulsada del pecho de Chantal en el claro son el mismo metal. La gesta lo hará doctrina: plomo en plata, plata en oro, el corazón en luz. Vuelve en la 029.
Las sombras de patas en las fotos y la tarántula del desagüe abren el motivo arácnido de la gesta: la matriarca es una araña, su guardiana tiene rasgos de insecto, y bajo la ciudad hay un techo que no es techo sino tela. Vuelve en la 022 y en la 028.
Martes. En la cocina de la casa de Glob, sobre la hornalla, un cucharón con anillos y aros de plata que se ablandaban al fuego azul. Schultz los había traído en el bolsillo: eran suyos, o lo habían sido. Alguien preguntó por qué estaba haciendo balas de plata en la cocina. Dijo que por si había hombres lobo. O algo peor.
Doce balas en el molde de hierro, alineadas, todavía humeando. Un mundo donde un agente formado en Alemania Oriental funde su plata para cargar un revólver no es un mundo que haya perdido la razón: es uno que la está usando.
Sobre la mesa, Glob desplegó lo suyo como quien pone las cartas boca arriba: la granada del abuelo, veterano de Vietnam; tres granadas de sueño; dos máscaras antigás; un amplificador de luz nocturna primitivo, comprado el lunes a la mañana con los doscientos dólares de la moto. Sonreía. Era el único que sonreía.
Las manos se extendieron desde los bordes de la mesa y cada una recibió dos balas. Seis pares de manos: una con las uñas comidas, una vendada, una con tierra de bosque en los nudillos, una más vieja que las otras. La Señal las conserva así, abiertas, antes de que se cerraran.
La mesa fundó el gesto en dos libros: el Licaón de Ovidio, primer hombre lobo, castigado tras el diluvio de Zeus, y el Manuscrito encontrado en Zaragoza de Potocki, con sus gemas a la luz de la luna. La plata contra el lobo es tradición moderna; el diluvio y la gema son los de esta gesta.
El arsenal casero de Glob es la última vez que los compañeros pelean con lo que tienen. En dos semanas la Fundación les dará juguetes del futuro y la escala de la historia cambiará. Vuelve en la 037.
Fueron a pie entre las dunas hacia el risco del sur, con Sasha de guía y luna llena, por donde el arroyo se estrecha entre las vías muertas de las minas. Chapoteos en la oscuridad. Alguien nadaba.
Entre dos elevaciones vieron el resplandor azulado: un hombre vestido como de otro siglo, barba, abrigo largo, alzando un cristal encendido en la mano. Dijo algo en una lengua que después reconstruirían como alemán, o ruso. Y en inglés: vos lo pediste.
Del costado, con la luna detrás, saltó el lobo. Más grande que el encuadre, garras que sonaban a metal, sobre Sasha, que acababa de cerrar el puño alrededor del cristal caído. Los zarpazos fueron hondos y dejaron algo negro en las heridas.
El cristal tenía al lobo adentro. En miniatura, de pie, rojo, huyendo. Cuando Sasha lo apretó, la figurita sufrió, y a veinte metros la bestia real retrocedió y se perdió corriendo entre los pinos. Una prisión que era también un mando.
Schultz capturó al hombre del cristal, malherido, y lo llevó contra un árbol. Hablaron en el idioma del otro. Los demás miraban sin entender. Después vino el fogonazo, fuera de cuadro. Nadie preguntó.
Entre las dunas, un poco más allá, refulgían a la luz de la luna las bocas de unas cavernas, y adentro, a quinientos metros, el resplandor de una hoguera.
Del tamaño de un puño, facetado. Cuando quien lo sostiene lo aprieta, la figura de adentro sufre, el cristal se pone rojo y la bestia real huye. No es una prisión: es una prisión que además es un mando. Después se sabrá de quién era, y será peor.
Una criatura viva encerrada en una gema que la gobierna rima con la cosmología mayor del Archivo: hay un mundo entero que fue creado dentro de un cristal. La gesta volverá a esa idea bajo la ciudad, en una torre de cristal púrpura. Vuelve en la 046.
El hombre de ropas anacrónicas contesta en la lengua de Schultz al mensaje que Schultz recibió en morse. Antes de morir suelta un nombre que suena a código y que el archivo tardará en atribuir. La guardiana que lo lleva entra en la 028.
La ejecución no se dibuja: la edición muestra la espalda del agente y el árbol, como muestra todas sus atrocidades, por consecuencia y elipsis. El que dispara sabe cuánto puede correr sin perder el ritmo; también sabe esto.
III. Abajo, donde están las oprimidas
Siete caminaban hacia el risco con la luna a la espalda y el resplandor de las hogueras adelante. Un canto con eco salía de las bocas de las cuevas. Nadie dijo que era un ritual. Nadie necesitó decirlo.
El bolso de Glob se abrió solo. El cierre corrió sin que nadie lo tocara, un diente a la vez, y para el que veía había un hilo rojo, fino como un cabello, tirando de la lengüeta desde la oscuridad. Las granadas eran de la Genesis. Alguien sabía que las llevaban, y alguien podía tocarlas sin manos.
La nube fue púrpura y no olía a nada. Cayeron en el orden en que estaban parados: Glob de rodillas, Jean-Baptiste con el sombrero todavía puesto, Chantal intentando taparse la boca, Kendall como si se acostara. La bruma se quedó a la altura de la cintura, violeta, quieta.
Ray quedó de pie en medio, con la pistola en la mano y las zapatillas blancas hundidas en el humo. Diecisiete años. El único despierto, rodeado de cuerpos dormidos que respiraban.
Las granadas de sueño eran de la Genesis y las destapó a distancia uno de los Gladiators, que tiene poder telekinético. El hilo rojo que sólo el sight ve es la primera vez que la edición dibuja una voluntad ajena actuando sobre un objeto. Vuelve en la 048, cuando un altar elige una mano.
El título es el de una canción de 1967. La mesa fijó la bruma como púrpura y así quedó en el archivo; la edición reserva el violeta para todo lo que viene de la Torre y de sus mujeres, desde esta nube hasta la bruma del rapto de la 047.
Salió de la noche como si la noche la hubiera fabricado: una mujer negra pelada, con rastas fucsia hasta la cintura, musculatura de fisicoculturista, cuero cortado para mostrar el músculo y no para taparlo, joyas en cada articulación. Setenta años que no aparentaba. Le dijeron después que se llamaba SSK.
Ray, con la pistola, negoció como pudo. Buscaban a alguien; tenían que entrar a la cueva. Ella lo miró desde arriba y le dijo que podía ser la persona que ellos estaban buscando. Cuando él habló de la divinidad que estaba por entrar, lo cortó: no está por entrar. Ya entró.
Los túneles bajaban hacia la ciudad, no hacia el lago: barro, tirantes de mina, hebras finas que brillaban entre las vigas como si alguien las hubiera tendido, una luz roja que titilaba en el fondo. Jean-Baptiste, que fingía dormir sobre el hombro del que lo cargaba, iba dejando piedritas de colores.
El cuarto de entrenamiento tenía racks de machetes, blancos de tela manchados y cinco postes con grilletes. Ataron a tres. Ray, todavía suelto, le puso un tiro en el hombro al gigante haitiano, que lo encajó como una pared encaja una piedra. Después cinco hombres se le echaron encima.
Setenta años que no aparenta. Ex boxeadora, luchadora, trabajadora sexual; trabajó para la Fundación y también del otro lado, más abajo. Manda a los Gladiators y a Burka Ruka en nombre de una rebelión dentro del mundo de Anansi: una hija que incorporó la máquina al cuerpo se alzó contra la que manda desde hace más tiempo.
La corrección de SSK a Ray fija la cronología cósmica de la gesta: la potencia que Kendall anunció en la 006 no está por llegar; despertó en marzo, antes del eclipse. Todo lo que sigue ocurre con el dios ya en la casa.
El haitiano corpulento que no habla inglés y sólo pronuncia dos sílabas, por las que lo llaman. Adorador del fuego. Encaja el tiro de Ray como un muro y en la 025 será el único que decida terminar una pelea sonriendo.
Cuando despertaron ya estaba hecho. La Señal lo muestra así, después: tres pares de manos vendadas, tres caras con el dolor todavía puesto, un poste, una cuerda.
A cada uno le faltaba un dedo. Índice, medio, anular, repartidos. Ella les había chupado la herida diciendo que todo lo que hacía era por el bien de ellos y por el bien de todos. Después se sentó a contraluz con aguja e hilo, porque bordaba desde niña, y bordó.
Kendall inconsciente, de frente, en el silencio de un fotograma quieto: tres dedos cosidos a la frente, levantado el cuero cabelludo a la vieja usanza, y los dedos apuntando hacia abajo. No al cielo. Abajo.
Entró Doña Ilva. Fuerte, caderona, de cuero negro y aros grandes, con la autoridad de quien no necesita levantar la voz. Detrás de ella, en la pared de la cámara, cuadros rojos y negros con arañas pintadas, y en uno, letras que ninguno de los atados supo leer.
Tres dedos cortados, un índice, un medio, un anular, cosidos a la frente de un hombre vivo, apuntando hacia abajo. El archivo no conoce otra igual. No era el remate del rito sino su comienzo: al coronado lo colgaron de una cama suspendida y lo hicieron girar como un péndulo bajo un cántico.
Matriarca zamba de cuero negro, con aire de Jackie Brown, superiora directa de SSK. Oficia el rito para volver el viejo corazón de hierro en oro puro y superar en poder a su madre Anansi. Sus cuadros de arañas en rojo y negro llevan letras que resultarán rusas.
La edición muestra el después, nunca el acto: manos vendadas, caras. Es la misma elipsis que gobierna el corazón de plomo de la 029 y el fonógrafo de la 058. Lo que la fuente no dibuja, el cómic tampoco.
Ilva les habló como se le habla a un tribunal que ya perdió. La muerte había llegado a la ciudad. El plomo se había vuelto en contra de la plata de los corazones más puros, los de los que vivían en consonancia con la tierra antes de que llegaran los fabricantes a imponer la propiedad. Que el viejo corazón de hierro se volviera oro puro: ése era el rito.
En la pared, pintado a mano, el diagrama: un corazón de hierro atravesado por tres franjas, plomo, plata, oro. Un catecismo alquímico en una caverna bajo una acería.
Kendall alzó la cara con la corona puesta y dijo que estaba llegando un dios de metal. Que se estaba despertando. Que no sabía si era digno o malo.
Le mostraron la pared del fondo. El dios africano pintado ahí era el mismo que habían visto en un libro, semanas antes, en una casa de Gary. Para el que veía, la pintura ardía en rojo, con el contorno doble de las cosas que no pertenecen del todo a la pared.
La doctrina es vieja como Hermes; el caso de Gary es de aplicación. El corazón de carne sometido a calcinación, purificación y fijación puede pasar por las tres conversiones del metal. La fórmula corta del archivo: corazón de oro para purificar al dios de hierro.
La imagen de la pared es la del orisha del hierro que el archivo nombró antes que a ninguno: Ogún Onire, el Iron Lord, el dios de Chantal. Que arda en rojo para el que ve no es adorno: es el mismo fuego del lago de la 006.
Burka Ruka abrió la puerta de la salamandra y el fuego partió la sala en dos. Las viejas calderas de la fábrica todavía tiraban.
Entonces algo entró a ras del suelo, rápido, olfateando las piedritas de colores que Jean-Baptiste había dejado por los túneles. La Señal lo sigue desde abajo, a la altura de sus patas: metal que corre.
Saltó al centro del cuarto. Un perro, si un perro puede tener destellos de acero en el lomo y tres hileras de dientes de metal. Cerró la boca sobre una cadena de hierro y la cadena se abrió como una rama. Con dos dentelladas más liberó a Chantal.
Después se sentó a su lado con los ojos de brasa, obediente, como si siempre hubiera sido suyo. Nadie lo había llamado. Nadie preguntó de dónde venía un perro de hierro en una ciudad donde el hierro era el enemigo. Como si fuera el cancerbero, dijo alguien. Y obedecía a Chantal.
No es un animal y no es una máquina: metal viviente, en la misma línea que el dios que despierta bajo la ciudad. El archivo no registra dónde se lo forjó ni quién lo soltó. Registra que aparece cuando hace falta, que rompe hierro con los dientes y que obedece a Chantal.
La comparación es de la mesa. El perro de tres dientes que guarda el paso al mundo de abajo pertenece a la imaginería del descenso; acá cambia de bando y rompe cadenas. La lectura de la gesta lo ubica entre los emblemas del mundo inferior de Gary, junto a la matriarca arácnida y el laberinto.
Jean-Baptiste las fue soltando en la 021, fingiendo dormir. El perro las olfatea como un rastro. Cinco piedras de colores volverán en la 052 y en la 059, y serán otra cosa.
SSK cayó con la cadena de Ray al cuello y la pelea terminó porque el gigante decidió terminarla. Burka Ruka levantó las manos abiertas, enormes, y sonrió. Dos sílabas, nada más, las únicas que le conocían.
Trajo a Kendall de la cámara de la cama colgante, donde lo había hecho girar como un péndulo bajo un cántico, y lo depositó sobre el lomo del perro de hierro con la delicadeza de quien acuesta a un bebé. Le había colgado al cuello un amuleto: una pata de gallo.
La columna salió por los túneles siguiendo las piedritas de colores, con los heridos a cuestas y el perro adelante. La boca de la cloaca daba al amanecer del lunes sobre la Gary industrial, chimeneas frías y cielo lavado.
SSK iba con ellos, atada. Erguida, mirando adelante, invicta. No parecía prisionera de nadie, y no lo era.
El amuleto marca a Kendall como zombi yuyu: la voluntad ya no es la suya, diagnosticó el detective con lo que su madre haitiana le enseñó. Le sacarán el vudú en la 027 y le pondrán otra cosa.
SSK sale atada y sale mandando: negociará su libertad a cambio de un salvoconducto y de revertir el vudú, y los guiará a la catedral. La cazadora que cosió los dedos es la misma que abre la puerta del rito. Vuelve en la 035.
La iglesia metodista había cerrado en 1977, hacía diez años justos. Una catedral de concreto en el peor barrio de una ciudad peligrosa, construida en los buenos años por hombres que creían que Gary iba a ser importante.
Adentro imponía un silencio de muerte. Las puertas estaban fuera de eje. Entraba vegetación. Los bancos rotos, quemados o hechos leña, y en el púlpito la basura de reuniones que no habían sido santas. A la derecha, dos filas de pilares abrían una senda, y en cada pilar, para el que veía, había dibujos de telaraña y rostros que desaparecían al mirarlos de costado.
Donde otras iglesias guardan un santo, ésta guardaba una pileta: seis metros de diámetro de agua glasienta y estancada. Detrás, sobre madera podrida, el mural: una virgen ennegrecida, de cara furiosa, con dos gemas en las manos, una que reconocieron y otra verde, llorando un licor esmeralda.
Entre el mural y el agua, un Cristo de obsidiana con un hueco en el pecho y collares de calaveras de santería al cuello.
Iglesia metodista de concreto fundada en los buenos años, con menos de mil fieles en 1972 y cerrada en 1977. El archivo la llama catedral porque nadie que la haya visto puede llamarla de otro modo. Es una de las dos entradas al subterráneo; la otra es la Station.
Una de las gemas del mural la reconocen: es la que tuvieron y ya no tienen, la verde con el lobo adentro de la 019. La otra, verde corazón, llora esmeralda. La gesta entera es la persecución de piedras que abren puertas.
El Cristo de obsidiana con el pecho vacío anticipa lo que la pileta va a pedir esa misma noche. Tres corazones se sacan en esta gesta: el de plomo, el de plata y el que nadie tiene.
Los llevó allí la cazadora, la misma que les había cosido los dedos, con la promesa de sacarle a Kendall la dominación. Un baño en la pileta. Un bautismo, dijo.
Kendall bajó al agua con los ojos abiertos y no soltó una burbuja. Mientras esperaban, el sol terminó de irse y la iglesia entera se oscureció en verdes, y la ciudad afuera pareció callarse. Bajo el agua, desde el fondo, subía proyectado un rostro que no era de nadie.
Emergió. El agua que le corría por el cuerpo se detuvo y se endureció en placas metálicas oscuras, articuladas, que le cubrieron el pecho y los hombros. Cables finos entraban en la carne. Un ojo le quedó con luz adentro.
La pata de gallo, podrida, cayó al agua. Le habían sacado el vudú. Le habían puesto otra cosa, a la altura del corazón, y sonaba: el hierro.
Desde esta pileta el compañero entra en su fase final: placas de metal formadas del agua, circuitería en el pecho, un ojo con luz. El archivo lo resume como el que entra humano y sale otra cosa, y lo emparenta con otros de la misma mano que sufren transformaciones radicales en otras gestas.
Alguien preguntó en la catedral si el que emergía de la pileta era el dios del metal. La respuesta fue no. Lo que le pusieron a la altura del corazón es hierro; lo que despierta con el hierro es una conciencia extraña que él recupera. El dios sigue debajo.
Detrás del altar se levantó una mujer oscura de cabellos blancos, vestida de metal, con una espada en la mano y rasgos que no terminaban en lo humano. Hizo un gesto y la piedra basculó: atado a la plataforma de hierro, pálido, con el pelo largo y marcas de cirugía en el pecho, estaba Francis Le Pen.
En este joven había despertado el conde de Saint-Germain, dijo ella. Alguien que había vivido varios siglos de Francia y del Nuevo Mundo. Pero había despertado con un corazón de plomo. Plomo por plata, y tal vez luego oro. Ése era el rito. Los esperaba abajo, el día del eclipse.
Para el que veía, a sus flancos se dibujaban patas, cuatro por lado, en el rosa frío de las cosas que sólo el sight muestra.
Dejó caer el cuchillo de obsidiana en el agua estancada de la pileta. Una elección arrojada al agua, para que alguien la levantara.
Piel oscura, cabellos blancos, rasgos de araña, armadura negra, una espada que no refleja la luz. El nombre oscila entre Rachel, Rijel y Betta como si fuera un código, y lo es: Rigel, la estrella azul, y beta, el segundo orden. Es la hija que llegó después de Nancy con la tecnología. Cae en la 066.
El aventurero del siglo dieciocho del que se decía que no envejecía y que había vivido varias vidas. La gesta lo hace despertar en un pasante francés de la Fundación; en el Archivo, la cadena de encarnaciones de Francis pasa por un mártir y por Francia y el Nuevo Mundo.
Primera mención de la fecha que gobierna la gesta: te esperamos abajo, el día del eclipse. Es el 14 de abril de 1987. La lámina 093 es ese día.
Jean-Baptiste dijo que no. Que creía en los espíritus de sus ancestros y que sus gritos de venganza le quitaban el sueño, pero que él elegía otro camino.
Después dijo pará, pará, y se agachó a recoger el cuchillo del agua. Al tocarlo la compulsión le subió por el brazo como una veta gris. Ya no le pareció mal. Empezó a repetir que había que seguir el plomo.
Los otros trataron de frenarlo. La cazadora, en cambio, bailaba con los ojos en blanco. La Señal no muestra el tajo: muestra la sombra del gesto sobre el muro de la catedral, y la medianoche en el vitral roto.
Después, la mano abierta del detective bajo la luz. Un corazón de plomo, tosco, pesado, con circuitería incrustada. Sus lágrimas caían sobre él. Me obligaron a matar a alguien, dijo. Y eso iba a pesar sobre la conciencia de ellos y sobre la suya.
La compulsión llega como un mensaje que Jean-Baptiste oyó alguna vez decir a un ruso: busquen el metal. La misma frase volverá en morse, desde otro bando, cuando la mamushka muera transmitiendo. Vuelve en la 068.
Tosco, pesado, con circuitería: Francis vivía con un corazón mecánico de plomo, y por eso el rito no sirvió a quien lo preparó. Buscaban un corazón mucho más puro. El plomo fue un engaño servido en bandeja.
El archivo discrepa: las fichas del Glosario atribuyen el sacrificio a Kendall; los registros de la mesa, tres veces, al detective bajo compulsión. La edición sigue la fuente de mesa y lo declara. La discrepancia queda abierta en el Archivo.
La Señal entra otra vez por el televisor, y esta vez el que ve es Ray. Nueve pantallas de tubo en un living oscuro.
Ray preguntó dónde estaban los pibes, los amigos que nunca habían llegado a casa. Y vio. La ciudad de Gary en corte, agujereada por debajo como un queso gruyere industrial. Un palacio subterráneo de candelabros de hierro y almohadones de pluma, cómodo, acogedor. En el centro, suspendida de cadenas, una figura abierta que la pantalla apenas deja adivinar. Un techo que no era techo sino tela de araña.
Y sobre la pasarela del perímetro, cinco globos de ámbar, capullos como botas de resina, cada uno con una persona adentro. Cuatro caras que conocía. Una que no conocía nadie.
Después la estática se comió la visión, pantalla por pantalla, hasta que no quedó nada más que ruido.
Cinco globos transparentes, como botas de ámbar, cada uno con una persona adentro, sobre placas talladas con la virgen verde y negra de la iglesia. Los compañeros desaparecidos eran cuatro. Hay alguien más ahí adentro.
Gary en corte, como un queso gruyere industrial: cloacas, una ciudad vieja bajo tierra, túneles de mineros, cavernas, y debajo de todo una caverna tan grande que cabe una torre. La visión de Ray es el mapa del resto del rollo.
Jean-Baptiste fue solo al Holiday Inn a decirle a Emily Larson que había encontrado a Francis.
Ella abrió en bata, con el pelo suelto y la sonrisa lenta de los anestesiados. Más rellenita que hacía dos semanas. Muy embarazada, tanto que él, que era un tipo atento, tuvo que preguntarse cómo no lo había visto antes. Le preguntó si seguía amándolo. Más que nunca, dijo ella. Con todo mi corazón.
Por un instante, el sight del detective vio lo que había debajo de la bata: patas de insecto plegadas contra el vientre, rojas, dobles, apenas legibles.
Salió al pasillo con la campera abierta. El bolsillo donde llevaba el corazón de plomo estaba vacío. No recordaba en qué momento. Su novia embarazada le había robado el corazón de plomo, y él caminaba por el pasillo del hotel diciéndose que su corazón ya no pesaba.
Emily volvió a Gary a buscar a su prometido y quedó embarazada de algo que se acelera y que el sight ve con patas. Es una niña y tenés que salvarla, oirá el detective. Vuelve en la 074.
El corazón de plomo cambia de mano sin que el que lo llevaba recuerde cuándo. La gesta lo hará doctrina en boca de una guardiana: mejorar en nuestros corazones es la manera de llegar a donde comenzó el desastre. Vuelve en la 049.
IV. Sueños de un pasado
Un chico dormido en un sillón, y saliendo de su cabeza la emisión entera. La Señal se pone doble para contarlo.
Dos mundos gemelos flotaban en la estática, iguales pero distintos: en uno la ciudad de acero, en el otro una ciudad de templos y bestias bajo la misma luna. Una franja pálida los tragó a los dos, como la banda de borrado de una cinta que pasa por la cabeza magnética. Terra y Antiterra. La franja de destrucción los tragó a ambos.
La pantalla quedó partida. A la izquierda, Gary, 1987. A la derecha, siluetas antiguas caminando por un pasado que nadie había vivido. Éstos no son recuerdos, dijo la voz. Son sueños de un pasado. Ellos están detrás de la trama temporal.
Quién era ellos, la Señal no lo dijo.
El mundo y su gemelo distinto pero igual, la gesta anterior del Archivo. La franja de destrucción los tragó a ambos; lo que hubo después es el mundo de este cómic, que todavía no tiene nombre. Lo recibe en la 079.
El nombre viene de una novela de 1969, Ada o el ardor, donde Antiterra es un planeta gemelo del nuestro con la historia corrida. La mesa lo declaró fuente del concepto de mundo distinto pero igual.
La clarividencia de un compañero se define aquí como clarividencia a posteriori: no recuerdos sino sueños de un pasado que él no vivió. Los que están detrás de la trama temporal tienen puertas bajo la ciudad. Vuelve en la 055.
Pontiac y Glob despertaron a ráfagas, colgados cabeza abajo en una sala que latía. Hebras cruzaban el aire con lucecitas que se prendían y apagaban como arañas eléctricas; una luz estroboscópica barría las paredes vivas. Sobre un pozo colgaban los cinco capullos, ámbar, con un cuerpo dentro de cada uno.
Desde adentro de un capullo, invertido, vieron a la mujer de orejas puntiagudas afilando una espada, y detrás de ella una cara de jade que se iluminaba a ratos. Les preguntaban quién eran y por qué estaban ahí. Los amamantaban las telas.
Del capullo vecino sacaron a un rubio que ninguno conocía y lo tendieron sobre una placa tallada. Le marcaron el pecho. El asistente de boina le golpeó el esternón con el puño y dijo: no sirve.
El sexto capullo estaba vacío. El hombre de seguridad no estaba.
El rubio desconocido del quinto capullo es marcado y descartado con un golpe en el pecho: el rito busca un corazón y el suyo no es el que hace falta. La misma frase se dirá del corazón de plomo de Francis.
El sexto capullo vacío es el hombre de seguridad de la Fundación: Schultz, que ya está afuera y corriendo hacia una bengala. La 060 es esa noche desde su lado.
La sala vecina tenía potro, dama de hierro, frascos y equipo electrónico. Pontiac y Glob colgaban cabeza abajo de las cadenas, y no sabían cuánto tiempo había pasado.
Pasó cerca un hombre de boina y guardapolvo, el asistente de la sala de los capullos, y murmuró, sin mirarlos, que no podía dejar que le hicieran eso al sobrino de Falco. Le guiñó un ojo.
Pontiac lo compró en el acto. Doc, soltame y te hago millonario. Los billetes cambiaron de mano; las sogas se cortaron. El doctor les señaló el túnel y dijo lo último: váyanse ya. Y ahora pegame fuerte.
Pontiac le pegó con lágrimas de gratitud y el hombre quedó tendido bajo la camilla, con la boina a un metro de la mano, encubierto. Un doble agente en una caverna, comprado con plata robada. Así funcionaba Gary.
El doctor de boina es un doble agente amigo del coronel, y el nombre del tío abre las sogas. El archivo no conserva su nombre con certeza. Muere en la 038, de una granada de los que salvó, con una carta sin entregar.
Habían salido el domingo a la madrugada y ya era martes pasando a miércoles. Se reencontraron en un bar de la comunidad latina, un tugurio de peleas clandestinas con rocola, luz mortecina, corridos al fondo y un barman samoano de patillas enormes que no miraba a nadie.
Chantal, con la remera ensangrentada y un dedo de menos, tomaba tequila. Enfrente, con un vaso, SSK. Setenta años que no aparentaba, el látigo a la cintura como una joya.
Cuando ella llevó la mano al látigo alguien ya tenía la pistola desenfundada y le puso un tiro en el brazo. El látigo se encendió igual: un filamento de cromo que zumbó como electricidad y cortó la mesa a la mitad de un solo tajo. SSK cayó en su propio charco, digna. Chantal la parchó.
En el taller, con las puertas cerradas, Glob examinó el arma con la mirada que ve. No era magia. Era un metal en filamento, una tecnología que en 1987 no existía y que no iba a existir en cincuenta años. Dijo la frase: es el futuro.
Un metal en filamento que se enciende como electricidad y parte una mesa, o un coche, al medio. No es un objeto encantado disfrazado de máquina: es una máquina, correcta, funcional, de un siglo que no llegó. En 1987 esa arma no existe y quien la fabricó no había nacido.
La frase de Glob cambia el tamaño de la historia: la gesta pasa de pandillas y cultos a líneas temporales. El futuro del que viene el látigo tiene fecha en el Archivo: un portal al año 2087. Vuelve en la 062.
La sala de conferencias era de vidrio. Clara Kling los recibió sola, desarmados, con el cigarrillo largo entre los dedos, y detrás del ventanal la ciudad de noche.
Hacía tiempo que los observaba, dijo. Sabía de sus capacidades no desarrolladas. Les habían asignado los lugares más peligrosos de Gary, no por las pandillas sino por el peligro que no todos pueden ver. Esa fuerza cósmica estaba dormida aquí. Pero no está muerto quien sueña.
Sobre la ciudad, para el que veía, el durmiente de óxido volvía a dibujarse, y esta vez había en él un punto rojo, como un ojo que se abre bajo diez cuadras de acero.
Firmaron. El mapa del subsuelo quedó desplegado sobre la mesa y en la pizarra ella dibujó una luna negra y catorce marcas. Van a morder nuestra boca en la luna nueva, dijo. Tienen catorce días. Creemos que es un portal.
Al firmar dejaron de ser chicos de Gary metidos en un lío: pasaron a integrar el espíritu del Complejo Alfa, con código de seguridad rojo. Alfa remite a la casta de arriba de Un mundo feliz; la Fundación dice haber tomado del libro las partes positivas.
Clara cita, sin nombrarlo, el dístico del culto de los sueños de Lovecraft: no está muerto lo que puede yacer eternamente. La Fundación aplica la fórmula al dios de hierro y la redefine como una potencia que se puede administrar.
El plazo de la luna nueva es la primera cuenta regresiva del rollo. La segunda la fija un cuaderno carcomido: el eclipse del 14 de abril. Wolf dirá que puede dar más tiempo, que es una cuestión de escala. Vuelve en la 073.
La Señal se detiene en una mesa. Sobre la madera, ordenado como un catálogo: un blaster con forma de secador de pelo grande, cromado; un sable de esgrima con la hoja azul de una descarga; un guante de metal que paraliza al tocar; una garra de exoesqueleto; doce esferas de energía en un doble estuche de seis; un compubot con orugas; seis bloques de termita.
Manos adolescentes alrededor. Tres dados rojos sobre la mesa.
La Fundación no mandó al ejército. Mandó juguetes del futuro con chicos de diecisiete. Se lo repartieron a los dados, porque así se reparten las cosas entre amigos, y porque ninguno sabía qué estaba eligiendo.
Blaster que atraviesa tres paredes, sable eléctrico, guante que paraliza, granadas de energía, compubot, termita: el catálogo de la Fundación. Desde esta mesa la escala de la violencia cambia y la edición cambia con ella: Ray, Glob y Pontiac entran en su fase armada.
El reparto se hizo tirando dados. La edición conserva el gesto como está en la fuente, sin explicarlo: en Gary las cosas importantes se deciden así.
Sábado 21, mañana límpida, luna menguante. Ray puso las manos en la piedra y la clarividencia le dibujó el complejo en los ojos: un mapa de circuitos azules sobre la córnea, un punto focal por milla, hebras metálicas a los costados de los túneles como telarañas de plomo.
Sonaron las alarmas. Por el túnel venían corriendo un hombre de cabeza grande y otro de boina con un blaster en la mano. Ray tiró dos esferas de energía.
El fotograma es blanco. Un pasillo entero quemado hasta la ausencia, siluetas borradas de la existencia, el polvo suspendido.
Entre los cascotes rodó una boina. El de la boina era el doctor que los había salvado. Pontiac se arrodilló con la billetera del muerto abierta en las manos: una foto con su esposa, una carta sin entregar. La cara del chico recibiendo el peso.
El de la boina era el doctor de la 034, el que los soltó. Murió de dos granadas de los chicos que había salvado. En su billetera, una foto de su esposa y una carta que Pontiac cargará el resto de la gesta.
El fotograma blanco es la primera vez que el rollo se quema por exceso de luz y no por falta de fuente. La edición lo distingue del empalme: acá la película no se traba, se satura.
En el nexo los esperaban dos robots de metal sucio, uno de un metro ochenta y otro de dos diez, con cara de bulldog eléctrico, disparando rayos que desintegran. Pontiac le voló la cabeza al grandote gritando por América. La cabeza estalló en chispas y chatarra.
En la escalinata, una pareja normal, un señor y una chica, ofrecía ayuda desde arriba. Al primero que subió lo apuñalaron varias veces y lo dejaron caer cinco metros.
Después, desde un recodo, asomó en la punta de un palo un gorro frigio. Un emisario: una criatura de un metro veinte, gruesa, con cabeza de pájaro loco y pico feo, visiblemente triste. Por qué nos declaran la guerra, dijo. No queremos morir. No todos somos malos.
Al oír el nombre de la mujer de la torre se cuadró: ¡Salve Rígel! Y señaló el túnel de abajo, donde algo grande se movía en la oscuridad: la madre de los robots.
Un metro veinte, gorro empapado en sangre, lancita como alfiler, cabeza de pájaro y ojos profundamente tristes. Criatura del folclore, duende maligno de gorro teñido; en la gesta, un emisario que viene solo a negociar y termina aliado. Escapa al final por un tren.
El saludo del gnomo pone en juego dos letras: Rigel es la estrella beta de Orión, y los compañeros acaban de firmar con el Complejo Alfa. Dos guardianas rivales por el corazón de Gary, nombradas por el orden de las estrellas.
Madrugada en lo de Glob, entre las dos y las seis. Jean-Baptiste al teléfono de pared, medio mamado, con el cuerpo embolsado detrás sobre la mesa de la cocina. Lo encontré, dijo. Encontré al joven Le Pen.
Matthews vino porque estaba de guardia y porque le debía algo. Miró el agujero del pecho y las incrustaciones metálicas con la cara de un policía que prefiere no creer. Cosa de pandillas, dijo primero. Después admitió lo raro. Él también había visto cosas: altares de dioses negros, los tipos de galera con la calavera pintada, y la Tía Nancy, que era ni más ni menos que la diosa de contar historias de los mundos africanos.
Se dieron la mano. Lo voy a fichar yo, dijo el policía.
Jean-Baptiste vació la petaca en la pileta de la cocina y miró correr el whisky por el desagüe. Una promesa, sin testigos.
Matthews dice lo que el archivo confirma: Aunt Nancy es ni más ni menos que la diosa de contar historias de los mundos africanos. Anansi. El nombre es un título, y el título es el de la que teje.
Desde la 010 el detective bebe en cada viñeta. Acá vacía la petaca. El archivo registra que en esos días aprendió lo que conecta con el lado detectivesco: remover magia, proteger a la gente.
Apareció en el mercado de libros usados, entre estantes que olían a humedad: un hombre impecablemente vestido para lo que era Gary, traje de tres piezas, pelo gris peinado hacia atrás, siempre de perfil. Le venía facilitando libros y documentales al detective desde hacía días.
La Señal pone los dos detalles enfrentados. A él le falta la oreja izquierda. A Jean-Baptiste, un dedo de la mano. Dos mutilaciones mirándose.
Habló sereno. Había viajado mucho. El corazón de Gary era un lugar de misterio y poder donde las cosas podían romperse o purificarse, y ahora parecía derrotado por dos fuerzas. Seguía a Saint-Germain. Y dijo su alquimia sin metáfora: quería rescatar el oro de la ciudadanía y dejar detrás el hierro, o el plomo, si prefería. El hierro mata. El hierro muere.
Caminaron juntos entre la niebla hasta un Cadillac de los setenta que esperaba con las luces encendidas. Se hacía llamar Mr. Wolf.
Petro Wulf. Impecablemente vestido para lo que es Gary, sin la oreja izquierda, con un aire de otro siglo que no es figura: es el mismo del pasado, de hace quinientos años. Sigue a Saint-Germain, busca un receptáculo que le robaron y lleva un corazón de plata.
La alquimia de Wolf es la de Ilva al revés: donde ella quiere volver oro el corazón de hierro, él quiere sacar el oro de la ciudadanía y dejar atrás el hierro y el plomo. Dos bandos, una misma tabla de metales.
Lo que le robaron a Wolf es el cristal verde de la 019, el que tiene al lobo adentro. Al oírlo nombrar se agarró el oído que no tiene. Era suyo, y él era el lobo.
Al sur del óxido, cruzando la línea del condado, había un paraíso recién pintado. Céspedes idénticos, casas idénticas, un cielo demasiado limpio, a diez millas de las chimeneas. El archivo lo llama Maryville o Merrillville y no concilia las grafías.
Los padres de los chicos estaban ahí, en un jardín, con vasos altos y la sonrisa un grado más ancha de lo que una sonrisa puede ser. La Fundación los había mudado con distintas excusas. Gary era zona de guerra. Todos eran felices. Ésa era la parte que daba miedo.
Kendall tomaba algo con un médico de guardapolvo y prendedor sonriente que le hablaba con una mano en el hombro.
El Cadillac de Wolf pasó lento por la avenida. En el espejo retrovisor, el suburbio se reflejaba gris, sin color, como la película de otro rollo.
El suburbio blanco y con plata al sur de Gary, refundado, con su sunset strip. Se hizo por sustracción: la población blanca se fue diciendo que a ver qué hacían sin su capital. Las familias de los compañeros fueron mudadas ahí por la Fundación, con excusas, y están contentas.
En Maryville le pusieron a Kendall un soporte vital que le permite existir sin respirar, comer ni dormir, y que la Fundación vincula a otra cosa. El médico del prendedor sonriente es el rostro de esa cooptación.
La Señal los pone en fila, como una foto de fin de curso tomada en una caverna reventada.
Ray, sangrando de la frente, con el blaster humeante del difunto capitán Burton. Kendall, pálido, metálico, con la luz adentro del ojo. Pontiac con la cresta nueva. Sasha fuera de uniforme, con el rifle reglamentario, esquivando a sus jefes por el asunto de los pájaros muertos. Chantal, la Garra, revólver en una mano y táser en la otra. Glob enfundado en una armadura blanca con la máscara antigás de su madre colgada al cuello: máscaras de Gary de otra guerra.
Detrás, bajando la escalinata con el bastón, Wolf. Había venido a buscar lo que le habían robado: un receptáculo.
A Jean-Baptiste le faltaba el índice. Con nueve dedos se puede llamar la partida.
La máscara antigás de Glob la heredó de su madre, la chica del cable, que trabajó en la ingeniería de comunicaciones de la Fundación y usó esas mismas máscaras abajo, con las demás trabajadoras. Máscaras de Gary de otra guerra.
El arma humeante de Ray perteneció al difunto capitán Burton, de la Fundación. Ray sale de esta caverna a pleno mediodía, goteando sangre, y por un momento ve una torre a lo lejos que después no está. Es la torre de la 046.
V. Lo que hay debajo de Gary
Redcap arrastraba dos cuerpos chicos de cabezas grandes, uno con la cabeza reventada. Su gente. Has matado a todos, dijo. Jean-Baptiste lo calmó como se calma a un testigo.
Habían venido a trabajar honradamente hacía cien años, por abajo, desde el sur. Estaban con la Confederación del Hierro de los indios antes de que llegara el gobierno. Hacían túneles. No eran guerreros. Alzó como estandarte un gorro frigio manchado de sangre: mi gente lo inventó. El gorro de la libertad.
En el barro dibujó con el dedo lo que sabía: una torre, las gemas, las chicas del cinturón de oro, las raras de la Tía Nancy. Primero vinieron los adoradores de Nancy. Después vino la hija, con la tecnología.
Sellaron el trato con las manos: las chicas y nudosas contra las grandes. Glob leyó el campo eléctrico de la criatura como un detector de mentiras. No mentía.
La gente de Redcap llegó hacia 1887 a trabajar el hierro, desde Oximeca, por túneles. Estaba con la Confederación del Hierro de los nativos antes que el gobierno. Hace cien años es también la fecha de un eclipse en Diamond Lake que un cuaderno guarda. Vuelve en la 052.
El gorro de los libertos y de las revoluciones, que la criatura reclama como invento de su gente. En el Archivo, los feéricos de Gary cruzan lo folclórico con la iconografía revolucionaria de otra gesta, la de los Libertateurs de 1788.
De noche, bajo la media luna, en un árbol seco y retorcido del que colgaba una soga vieja, dos cuervos grandes como buitres. Uno no tenía ojos. El otro tenía los oídos heridos. Miraban con una inteligencia insoportable.
Hablaban, y la partida los entendía por dentro, como una traducción. Sondeamos el cosmos, dijeron. Hacelo bien y te decimos todo. La prueba fue el pez grande: un tábano, una lagartija que se lo come, un varano que se come a la lagartija, dibujado en un círculo.
Uno de los cuervos bajó a picotear una cabeza hueca en el suelo, sin apuro.
Y el montículo se rompió. Lo que salió arrastraba un río de agua y pantano y tenía la trufa y el lomo erizados de cerdas como huesos o raíces: un jabalí más grande que el encuadre, a contraluz de la luna, con la boca abierta. Les dejó un túnel de un metro y medio de diámetro, hacia abajo.
Uno ciego, otro sordo, grandes como buitres, que sondean el cosmos y ponen pruebas de sabiduría. Un jugador pronunció a medias el nombre de los cuervos de Odín y el Narrador admitió que se le había escapado. La edición no lo escribe: lo señala.
La mesa nombró al jabalí por la película australiana de 1984: la bestia más grande que el encuadre, a contraluz, arrastrando pantano. El encuadre Razorback es el que la biblia del cómic adoptó para todas sus criaturas: recortadas por los bordes, nunca enteras.
Sesenta metros en tobogán a cuarenta y cinco grados y saltaron a un islote de roca en una gruta que no cabía en la mirada. Atrapada entre telas colgaba la Torre de Cristal: treinta metros de cristal púrpura del piso al techo de la caverna, pulido a una imposibilidad. Cristal de rayo, lo que pasa cuando un relámpago que no puede existir pega en la roca.
El recibidor tenía piso de piedra pulida y cinco cañones del siglo dieciséis con cabezas de dragón, rojo, negro, blanco, azul, verde, sobre pedestales de un metro ochenta. Giraban para apuntar a quien los mirara.
Wolf los reconoció: los había visto cerca del lago Maggiore, en un castillo tomado por los de la Torre. Los malditos, dijo.
Jean-Baptiste se frotó las manos con su dedo de menos y trazó en el aire glifos que quedaban dibujados en violeta. Tres culebrinas cayeron de sus pedestales. Las otras dos las volaron con granadas. La puerta imantada cedió.
Cristal púrpura, puertas imantadas, pozos de fluidos, escaleras caracol, balconadas. Habitada por arácnidos, robots y culebrinas. Guardiana principal: Rijel Betta. Quien dé el golpe final a la guardiana heredará su rol.
Wolf reconoce las culebrinas de un castillo tomado por los de la Torre cerca de Milán, hace quinientos años. La puerta de la luna de la Genesis da a ese mismo lago: Tana del Lupo, la guarida del lobo. Ni siquiera queda en este continente.
La contra-magia que dibuja en el aire es lo que aprendió en los días del hiato: remover magia, proteger. Es la misma que fallará contra una espada que bebe almas. Vuelve en la 066.
Al pie de la escalera esperaba una mujer: rubia de rizos de oro, casi sin ropa, túnicas que apenas la cubrían, un brazalete con inscripciones y un cinto que brillaba en esmeralda. Soy una prisionera aquí, dijo. Libérenme. Sálvenme.
Era un hechizo. Varios se acercaron a abrazarla; hasta Wolf, embobado como un chico. Glob, que no cayó, le cruzó la mandíbula con el puño cargado y ella gritó con sangre entre los dientes. Jean-Baptiste, tampoco hechizado, intentó negociar.
Para el que veía, los brazos de la mujer se abrían en tentáculos de un rosa frío, seis, ocho, que se extendían por la sala como raíces bajo el agua.
La bruma púrpura se los llevó: a Pontiac, a Kendall, a Sasha. A Wolf no lo quiso. Él gritó un no que la caverna repitió tres veces.
Rubia de rizos de oro, casi sin ropa, brazalete con inscripciones, cinto esmeralda: una prisionera que pide ser salvada. Era un hechizo. Abrazó a los encantados, los envolvió en bruma con olor y se llevó a tres. A Wolf no lo quiso.
La Dorada y sus hermanas, con patas de araña en los flancos y cinturones de oro, son las raras de la Tía Nancy que Redcap dibujó en el barro: el culto arácnido bajo la torre, con Betta como hija que llegó después.
Los tres se materializaron ante un altar, entre restos de estatuas de obsidiana, cadenas colgando del techo y dos braseros con bloques de incienso. La que los había guiado deshizo sus tentáculos y volvió a ser una mujer hermosa con dos patas de araña por flanco, quieta como una figura animatrónica. Al fondo, en la escalinata, su estatua miraba el cuenco.
Pontiac vio la gema en el fondo del cuenco con el ojo del carterista: verde, esperando. El cuenco esperaba sangre y el cuchillo oscuro estaba al lado.
El que empuñó el cuchillo no salvó su voluntad. El altar le marcó el blanco y el blanco era un compañero. La Señal lo muestra como un movimiento barrido, una sombra que cruza el cuadro, sin regodeo.
Sasha quedó molida entre tentáculos, inconsciente, con el sombrero caído. La estatua seguía mirando el cuenco.
El que empuñó el cuchillo no salvó su voluntad y el blanco fue un compañero. El archivo no fija con certeza quién apuñaló a quién; la edición tampoco. Es el mismo mecanismo de la compulsión de la 029, en otro altar, con el mismo cuchillo oscuro.
La piedra verde del fondo es la misma donde estaba el hombre lobo, el receptáculo de Wolf. Queda ahí como moneda de cambio contra un corazón de plata. La 049 negocia ese cambio.
El tercer nivel era una balconada revestida de cristales metálicos que mostraban estrellas y nebulosas. Se notaba que era una proyección, como estar en un cine: un afuera falso, perfecto.
Los esperaba una figura humanoide cuya armadura no era ropa sino cuerpo, con un ojo rojo de droide que giraba al hablar. Mi nombre es Luis, dijo. Y soy un héroe.
El ultimátum tenía la forma de una fórmula. Había un corazón con el que los quisieron engañar aquí, primero, el de plomo. Él, el hombre sin oreja, tenía un corazón de plata. Que se lo dieran y les devolvían a sus amigos. Plomo, plata, e iremos a buscar el oro. Voy a contar hasta tres. Wolf se retorció, pidió que no cedieran, y cedió él.
Ahí el proyector se traba. La película se desregistra en la ventanilla, las perforaciones asoman, el fotograma se enciende y se derrite en mitad de la negociación. La cinta corta con el trato pactado y sin consumar. Lo que se intercambió en esa balconada no quedó grabado.
Humanoide con una armadura que no lleva puesta sino que es su cuerpo, un ojo rojo de droide que gira. Se presenta como héroe y entrega, sin querer, la clave alquímica de toda la gesta: el de plomo fue un engaño, el de plata lo tiene Wolf, y después irán a buscar el oro.
La grabación de la torre corta en plena negociación, con el intercambio pactado y sin consumar. Es el segundo hueco de fuente del rollo, después de la 009, y la edición lo marca igual: la película trabada en la ventanilla.
Los tiraron afuera de la torre, calamitosos, por el aire. Las mujeres del umbral, que parecían chicas inocentes hasta que mostraban un brazo tentacular o un ojo de máquina, les dijeron que se fueran y se llevaran a los que ya no les servían. Si volvían, no los dejaban sobrevivir.
Con ellos arrojaron a dos. Una chica hecha de cristal y luz: cabeza de metal como una máscara, piel transparente con iluminación interior, un chip que llegaba al corazón con venas de neón, dos antenas. Le tiraron una peluca para que pudiera taparse en el mundo normal. Cuando entendió lo que era se tocó las antenas y lloró con los ojos cerrados.
La otra, de saco rosa y pelo corto, era una artista de Nueva York que estaba preparando una instalación de siete metros. Ya me raptaron una vez, dijo, serena. Bajo el escote asomaba un dibujo ritual que la Señal no detalla.
No eres la única, le dijeron a la de cristal. Puede que tengas conciencia humana.
Cabeza de metal como una máscara, piel transparente con luz adentro, un chip que llega al corazón, antenas que conectan habilidades. No sabía lo que era hasta que le tiraron la peluca. Puede que tengas conciencia humana, le dicen: la misma pregunta que la gesta le hace a Kendall.
La artista de saco rosa vivió años en la selva y ya fue raptada una vez, por eso no pierde la calma. El dibujo ritual bajo su escote se lo hizo alguien de abajo; la edición no lo detalla porque la fuente tampoco.
Robaron un gomón amarrado y cruzaron frente al litoral muerto: muelles herrumbrados, vías que terminaban en el agua, playas de arena negra. Una ciudad que había perdido a su gente, vista desde el lago: iglesias vacías, galpones de basura industrial, una grúa quieta contra la luna.
Redcap y Render viajaban tapados con una lona, porque había mucha luz. Render pinchó el bote con la lanza por curiosidad y hubo que remar más rápido.
El lago se picaba. En invierno, dijeron los que sabían de hechicerías, el lago Michigan es del Wendigo. La Señal apenas insinúa, en la niebla sobre el agua, una silueta hecha de viento.
En invierno el lago Michigan es del Wendigo, para los que saben de hechicerías. La edición apenas insinúa la silueta en la niebla. La 075 es el Wendigo entero, más grande que el cuadro.
El jefe de los goblinos, más morrudo, de orejas grandes: otra especie que la de Redcap. Viajan tapados porque hay mucha luz. Entre los dos, pronto, una pelea por cinco piedras.
En el búnker, junto a la estufa, los goblinos contaron su historia. Habían venido hacía cien años, por abajo, desde Oximeca, a trabajar el mineral. Produjeron mucho. Les pagaron. Ahora querían volver: en unos días salía el tren de vuelta al sur desde la Plataforma 66, y tardaba tres años en llegar. Redcap decía cien años como quien dice cinco.
En la pared, dibujado en carbón, el tren subterráneo bajo una montaña.
Estalló la pelea: a Redcap le habían robado la paga. Cinco pentáculos. Masa con púas contra lanza, la estufa en el medio, hasta que se cansaron.
La Señal los muestra grandes, sobre la piedra: cinco piedras de colores, roja, azul, gris, verde, amarilla, cada una con una estrella de cinco puntas grabada. La deuda sembrada.
Desde la Plataforma 66, en unos días, sale el tren de vuelta a Oximeca; tarda tres años. Es el mismo tren por el que Redcap escapará al final de la gesta, con el mundo asándose en sus ventanas. Vuelve en la 094.
Cinco piedras de colores con sellos, la paga de cien años de mina, robadas. Alguien del grupo las tiene. La 059 muestra la mano y no la cara. Cinco piedras-llave abren también las bombas selladas en gemas de cada portal.
El catálogo del Project Blue Book hecho carne: un camión blindado negro, macizo, con troneras, torre y un panel solar en el techo, diseñado para un mundo devastado donde las carreteras son de las tribus. Se llamaba Goliat.
El interior tenía mandos dobles, dos volantes, pantallas de tubo y una rampa por donde entraba el sedán entero.
Pontiac montó la inteligencia artificial: un domo cúbico de cristal con la placa adentro, conectado a los cables del tablero con la cresta cayéndole sobre los ojos.
La pantalla se encendió. Cerebrotronic, encendiendo motores. Y una cara pixelada en verde de ocho bits: un romano pelado, severo, de perfil de moneda. Catón. El portero del Purgatorio.
Camión blindado reforzado entregado por la Fundación: transporte de largas distancias y plataforma del robot HG, que entra y sale por la trampilla posterior. Un camión así, en aquellos años, era una casa pequeña con motor.
La cara pixelada del camión es Catón, el que Dante puso de guardián en la playa del Purgatorio, vía un poema de Auden que el Narrador citó. La inteligencia del Goliat tiene además una cuarta ley de la robótica: confiar en el compañero.
La Genesis estaba en pie de guerra: motos nuevas en fila, operarios de traje biohazard, un tanque clavado en la toma de combustible. Clara Kling los recibió de brazos cruzados, con Graham detrás, gafas negras, traje negro. La guerra ha comenzado, dijo. Mostraron demasiado rápido nuestras cartas.
Le contaron lo del corazón. El francés fue el primero, el de plomo. Ahora éste es el de plata.
El instante: ella se miró las manos. Estaban ennegrecidas hasta la muñeca. La boca se le fue tiñendo de negro, con el cigarrillo todavía entre los labios. Caminó dos pasos y cayó.
Los de biohazard se la llevaron en camilla con una máscara de oxígeno, entre las luces de la ambulancia. La entrevista ha concluido, dijo Graham. Le habían dicho la verdad y la verdad la había envenenado. Plomo.
No fue culpa de los compañeros: cuando le dijeron algo que despertó una situación en la que ella estuvo implicada del otro lado de las puertas, quedó contaminada de esa paradoja. Ya podía haber sucedido. Sus manos se ennegrecen de plomo. La 080 muestra dónde estaba realmente.
En el relato del nacimiento del héroe, la madrastra que examina niños y dice cuidarlos. Clara da becas, muda familias y deja cinco cargas latentes cuando cae. La lectura de la gesta la pone en esa casilla junto a la Fundación como falso padre.
Graham los llevó por primera vez al piso inferior: un laboratorio con mamparas abiertas a una caverna viva, y en el centro, grabado en la roca, un círculo de símbolos. La puerta de la luna de la Genesis Foundation, en reposo, con un brillo violeta en los surcos.
Explicó las fases. Las puertas entran en fase en determinados momentos; fuera de fase, uno se pierde en el vacío. Con las idas y vueltas no siempre se unen los mismos espacios, ni los mismos tiempos. Eso era una paradoja, y eso le había pasado a la directora: la palabra la actualizó.
Contra la pared, su sombra ganó por un momento un gigantismo que no correspondía a su cuerpo.
Dibujó tres círculos: la puerta de Betta, la puerta de la Genesis, la puerta de los rusos, y una luna. Hay otros mundos aparte de éste, dijo. Pero todos quedan en éste.
Círculos grabados que entran en fase con la luna. La de la Genesis da a Tana del Lupo; la de Betta está bajo su torre; la de los rusos, en el norte. Debajo de todas, una cámara esférica con seis portales a seis épocas selladas por eclipses.
La fórmula de Graham responde a la frase con que se cerró la gesta anterior en la 011: hay otros mundos aparte de éste. Pero todos quedan en éste. La cosmología del Mundo Nuevo cabe en esa corrección.
Por un momento la sombra del guardaespaldas gana un gigantismo que no es suyo. La edición lo dibuja y no lo explica, porque la fuente tampoco. Vuelve en la 076, con otro nombre.
Volvieron al cementerio indio como quien va a un oráculo: el círculo de menhires y troncos petrificados en la niebla del pantano, donde dos semanas antes a Chantal le había salido sola la bala del pecho. Donde había una piedra, ahora había una plataforma de hierro.
El Goliat llegó solo, manejándose a sí mismo, con el espejito reparado. Nadie lo había llamado.
Para el que veía, en el borde de la niebla se levantaba el dios: un rostro colosal de óxido, ciego, encadenado, con las cadenas perdiéndose bajo la tierra del pantano. Quién te encadena, le preguntaron. No hubo respuesta. Era una visión.
Glob hincó la rodilla y hundió su mandoble en el barro como tributo, como los nórdicos arrojaban tesoros a los pantanos. A lo lejos, sin parar, golpeaba un herrero eterno.
Ciego y encadenado en el borde de la niebla, con las cadenas perdiéndose bajo la tierra: la primera imagen entera del que duerme bajo la ciudad. El archivo lo conoce por otro nombre en otras gestas y por una firma medio borrada: Papa Grast. Nunca se lo ve completo.
Glob hunde su mandoble en el barro como los nórdicos arrojaban tesoros a los pantanos. Los compañeros comprenden que más de uno juega con las dádivas y devoluciones de este dios en particular; a lo lejos golpea un herrero eterno, el señor de la forja.
Donde la primera noche había una piedra, ahora hay una plataforma de hierro. El círculo de troncos petrificados es el lugar donde a Chantal le salió la bala del pecho y donde sacrificaron el coche que da nombre a Pontiac. La 070 vuelve a esa noche.
El campamento ruso estaba en un valle nevado a cuatro horas hacia el norte: carpas, veinte soldados, un lanzallamas en la boca de la cueva del Yeti.
El compubot activó al HG y el robot barrió el valle con el rayo de calor: siluetas contra la nieve.
Entonces la matrona salió de una carpa gritando que los ejércitos de su tierra los defenderían, y las rocas y los árboles se desprendieron del suelo y se fueron contra la máquina como soldados de corteza. Una anciana de ojos claros, pelo en rodete y chal, con un fonógrafo a su lado y pequeños objetos flotando alrededor de las manos. La llamaban Mamushka. Blavatsky.
El rayo se concentró en ella. Ardió de pie, erguida, sin caerse, y todavía dijo la frase: no me dolía tanto desde que recibí un sablazo por Garibaldi.
Matrona rusa con poderes arcanos: habla con los árboles y los anima, pronuncia palabras de sueño. Custodia el campamento junto al Portal del Yeti. En el Archivo es un eslabón de una cadena de escribas que transmigra a través de los siglos.
La Blavatsky histórica fue herida en Mentana, en 1867, peleando con los garibaldinos. La frase que dice ardiendo es una fecha: la anciana del fonógrafo tiene, por lo menos, ciento veinte años.
Robot defensivo de la Fundación, de trípode y rayo de calor, que también imprime los círculos de contención para el sellado del dios: geometría computada en lugar de tiza. Decide esta batalla y barrerá el campamento entero.
Quebrada su moral, Mamushka soltó el cono del fonógrafo y el tanque soviético que les apuntaba se desvaneció: era un conjuro. Levantó las manos. Hasta Dimitri, el teniente de barba negra, empezó a bajar el arma.
Ray alzó el blaster. Diecisiete años, la capucha puesta, la cara de alguien que ya había matado demasiado esa semana.
La Señal no muestra el disparo. Muestra el fonógrafo en primer plano, el disco girando, y en el bronce de la bocina el reflejo de un fogonazo. Nada más.
El disco llegó al final del surco y la púa saltó en el silencio de la nieve. Nadie dijo nada. Pero todos lo miraron distinto.
La ejecución de una mujer rendida es el gesto que divide a los compañeros. Un detective que estudió perfiles notará en los chicos un principio de psicosis: no presentan remordimiento al quitar una vida. La edición no muestra el disparo; muestra el disco.
De la señora del fonógrafo quedaron el cono, todavía caliente, y un cuaderno medio quemado con eclipses cada cien años: 1788 Londres, 1887 Diamond Lake, 1987 Iron Mountain. Acababan de matar a la única persona que sabía leerlo. Vuelve en la 073.
Un auto andando de noche por una ruta recta, con la luna adelante. Una mano al volante: vieja, de nudillos gruesos, de piel curtida como corteza.
En el retrovisor, los ojos del que conduce. La Señal no muestra la cara.
La otra mano se abre sobre el regazo. Cinco gemas con símbolos: la verde con la estrella, la azul, la violeta con un corazón, la blanca con el sol, la dorada con la gota. Los pentáculos robados de Redcap, la paga de cien años de mina.
El puño se cierra. La ruta sigue. Nadie más lo vio.
Alguien del grupo tiene la paga robada de Redcap, y lo supo cuando le informaron que a Wolf le habían arrancado el corazón. La fuente insinúa y no fija; la edición muestra la mano y guarda la cara. El ladrón es el que la cinta no mira.
VI. Las puertas de la luna
Una bengala es una estrella que sale de la tierra. Subió roja sobre el lago y quedó colgada un segundo, con su reflejo temblando en el agua negra. Un llamado irrevocable.
Schultz corrió. Ocho kilómetros entre dunas bajo la luna llena, el traje azul abierto, la corbata al hombro, midiendo la distancia en respiraciones como le habían enseñado. Sabía cuánto podía correr sin perder el ritmo. No lo perdió.
Desde la cresta de una duna vio el campamento disimulado entre los pinos: carpas, patrullas con horario, dos haces de reflector cruzando el cielo.
Lo interceptaron antes de que bajara. Manos en alto, palabras en ruso, tres cascos. El caño de un fusil, todavía caliente, contra la mandíbula. Lo esperaban.
Desde el lado del agente, el tablero de Gary tiene tres patas: los yanquis con el Project Blue Book y la Fundación, una célula subterránea matriarcal, y los rusos infiltrados desde Canadá. La estrategia del oso: dejar que los otros dos se desgasten y caer después.
La misma noche de la 019, desde el otro lado: mientras el grupo peleaba con el lobo, Schultz vio la bengala sobre el lago y corrió hacia ella con el caño todavía caliente. La edición cuenta esa noche dos veces porque la fuente la grabó dos veces.
La carpa de mando olía a vodka y a lona mojada. El que lo recibió no tenía insignias y no las necesitaba: camarada Dimitri, barba negra, la mano tendida.
En la otra carpa había una figura corpulenta de espaldas, y alrededor de ella flotaban cosas: una lámpara, una lupa, un juguete de hojalata, un pequeño astronauta de plástico girando lento en el aire de la carpa. La primera impresión fue la de una astronauta. Cuando se dio vuelta era una abuela de ojos claros, pelo en rodete, chal bordado, con las manos abiertas como quien sostiene el aire.
Le ofreció un vaso. Estamos lejos de la madre Tierra, dijo.
Sobre la mesa, un fonógrafo de bronce con un encaje vacío en la base, del tamaño exacto de una gema. Del cono salían ondas azules que Schultz reconoció con el cuerpo antes que con la cabeza: la música que él descifraba en morse la componía ella.
El fonógrafo tiene un hueco del tamaño exacto de una gema: es la gema lectora, la que funciona como brújula y dice a dónde lleva un portal. Un traidor se la robó; la tiene una guardaparque americana. Sardos capitalistas, era de esperar.
La matrona profetiza al pasar, citando la conversión de Agustín en Milán y al apóstol Pablo: perderán más de un dedo por el enfrentamiento con otras fuerzas. Ya lo habían perdido en la 022. La profecía llega tarde, como llegan las verdaderas.
La Señal se vuelve verde de fósforo y entra por seis pantallas: el dossier soviético sobre la mujer de la torre.
Fotos de vigilancia granuladas, tomadas entre telas: una figura de pelo blanco y armadura oscura, la cara siempre a medio girar. El diagrama de su cuerpo, con las partes biónicas marcadas en círculos: brazos, columna, un ojo. Lo que se llama un cíborg, decía la mamushka. Sin llegar a robot.
Y la foto imposible: un elemento del equipamiento que no era de esta época, cromo puro, sin tornillos ni juntas, una máquina de un siglo que todavía no había ocurrido.
Abajo, en la banda de la película, la línea temporal dibujada como una cinta que se bifurca. No sabemos si han hecho contacto con otras líneas temporales, dijo ella. La Señal deja la frase ahí, en fósforo, porque es la frase de toda la gesta.
El dossier soviético dice lo que el látigo de la 035 ya decía: la mujer de la torre trae equipamiento de un siglo que no ocurrió. La frase del rollo entero es una duda de inteligencia militar: no sabemos si han hecho contacto con otras líneas temporales.
Quince días después, el comando ruso entró a la cámara de los cristales púrpura: neoprén negro, caras pintadas, una Kalashnikov cargada con plata.
Junto a los braseros, drogados por el incienso, dos figuras en trance: Jean-Baptiste de rodillas con los nudillos en el piso, la cota de malla entreabierta, los ojos en blanco; Sasha con la cara pintada de líneas pálidas, un cuenco humeante entre las manos. Tenían visiones. No las contaron.
La plancha de acero detrás del altar basculó. Dentro, como en un sarcófago, estaba Mr. Wolf: el pecho abierto y vuelto a cerrar, manchado de un líquido plateado como mercurio. La gema y el cuenco, manchados de lo mismo.
Abrió los ojos. Se incorporó, tambaleante, con la ropa quemada sobre la cicatriz, y dijo lo primero que se le ocurrió: dame las gemas. Recibió una piña seca. Volvió a respirar dentro del altar.
El líquido plateado que mancha cuenco, cuchillo, gema y el pecho reoperado de Wolf es la etapa media de la tabla: la plata. Le sacaron el corazón de plata y le metieron uno de plomo. Por eso, desde ahora, hasta las balas comunes lo muerden.
La cara pintada de líneas pálidas es la marca de la guardaparque desde el altar del lago: desde aquí la edición la dibuja así, con una gema apretada en el puño. Tuvo visiones con el incienso; no las contó.
La operativa se le acercó con el chip rastreador en la mano y Wolf retrocedió contra la pared de hielo: basta, no me pongan más nada. Le tiraron a las piernas, munición común, y el grito fue de sorpresa antes que de dolor. Lo lastimaba. A él, que había recibido balas en cinco siglos, ahora el plomo común lo mordía, porque tenía plomo adentro.
Corrió. A una velocidad que no era de hombre, por el túnel blanco, dejando sobre la nieve una línea roja recta como una firma.
La Señal lo pierde en la última viñeta: una silueta oscura alejándose por un camino entre granjas, bajo la luna, hacia el norte. Nadie lo siguió. Ahora sabían adónde iba: al portal.
Wolf va al monte, a cien kilómetros al norte por la orilla del lago, donde una cueva abre a Tana del Lupo. Quiere volver a su tierra, que es 1494. Un lobo bajará de la montaña a la misma cueva antes que un capitán ruso. La 068 lo muestra desde afuera.
El cuarto circular tenía un escritorio, un pozo en el medio y, sentado detrás del escritorio con las manos sobre los papeles, un burócrata de uniforme sin cabeza, la piel violácea. Nadie lo había matado esa semana.
Después, un pasaje bajaba a un salón que no debía estar ahí: una catedral gótica de concreto, nervaduras, rosetón, tapices de una invasión que nadie recordaba. La misma arquitectura de la iglesia de arriba, como si la ciudad se hubiera hundido de a pedazos y los pedazos hubieran caído en orden.
Algo raspó el piso. De la oscuridad se escurrió una araña de tres metros, hecha de placas, púas y ganchos, con cadenas colgando de las patas.
Iván Drago la roció con la Kalashnikov y la atravesó a medias. El sable de energía hizo el resto. Uno de los rusos quedó ensartado en una púa, y la Señal lo muestra como una silueta, sin regodeo.
El palacio de abajo repite el gótico de concreto de la catedral de arriba, como si un pedazo de la ciudad hubiera sido atraído hacia el fondo. El archivo lee ahí el vínculo vertical entre Gary y la montaña de hierro: lo que está arriba está abajo.
El burócrata decapitado tiene la piel del color de otro que la mesa ya había visto, y el archivo anota el nombre sin más contexto: Kirinaga. Cabo suelto declarado.
La sala del fondo era de obsidiana y el piso absorbía la luz. Sobre un pedestal, un trono de ébano con incrustaciones de oro, y detrás del trono, ocho patas que se retorcían en la sombra. El trono tenía ocho patas, y no eran del trono.
Ella salió del gas cuando el gas terminó de disiparse: Rijel Betta, armadura cibernética negra, pelo blanco, la cara marcada. Arrastraba a la herida como escudo, con la hoja al cuello.
Le dispararon igual. El sablazo de energía le cortó la mano del blaster y la mano cayó al piso con el arma todavía agarrada.
La otra espada no era un sable. Era una hoja que bailaba con algo adentro, una espada que bebía almas. Jean-Baptiste trazó sus glifos violeta en el aire para removerle la magia, y los glifos rebotaron. Esa magia no se removía.
No es un sable láser: es una hoja que baila con demonios adentro y toma vidas. La contra-magia del detective no puede con ella. Quien la use para dar el golpe final sentirá subir por el filo lo que la espada tomó. La 067 es ese golpe.
Regla de las plataformas del Mundo Nuevo: el que da el golpe final a un guardián hereda el rol. Las fichas del Archivo atribuyen ese golpe a Jean-Baptiste, que pasará meses tramando cómo escapar de la guardianía que se ganó; la mesa lo grabó en manos de la médica rusa. La edición sigue la mesa y declara la variante.
La Señal se pone azul y se queda azul. La carnicería en frames barridos: tajos, cuerpos que caen, dos espadas que se ensartan mutuamente en el centro del cuadro.
El golpe final lo dio la médica rusa, la envenenadora. El filo queda fuera de cuadro; el gesto no.
Y entonces algo subió por la espada. El aire se congeló alrededor de ella; la escarcha le trepó por los brazos y le dibujó una corona sobre la frente, blanca, de cristales. Sos una reina de hielo y frío, dijo la voz de la sala. Una guardiana de la profundidad. Sintió el complejo entero, las telas, los hongos, los sectores, como se siente el propio cuerpo.
Revivió a los caídos con lo que acababa de recibir. Después se acostó en un sarcófago de hielo con forma de espada, y sus camaradas la miraron como se mira a una desconocida. Se fue a invernar.
Al clavar la espada, la envenenadora siente subir el poder de las almas tomadas y algo se completa: reina de hielo y frío, guardiana de la profundidad. Siente el complejo entero como un cuerpo. Revive a los caídos y se va a invernar en un ataúd; hay un tren que puede llevarla al sur, como a Drácula.
Es la única lámina del rollo en un solo color. La edición reserva el hielo azul-blanco para la guardiana nueva, como reservó el púrpura para la torre y el rojo para el ídolo del lago. Un color, una guardianía.
Acá la Señal vuelve a ser ruido. No porque la historia termine: porque el rollo todavía se está grabando. Del otro lado de la nieve hay una casa de fiestas en las cuevas de Miller's Beach de la que no todos salen, una corona que se cose a la frente de un hombre vivo, una catedral de concreto con una virgen negra que llora, un anillo de hierro bajo la ciudad y un eclipse con fecha. La Señal las tiene. Las va a mostrar cuando el canal vuelva.
Mientras tanto, la pantalla queda así: gris, viva, llena de un ruido que es la edad del universo. Si uno espera lo suficiente, se ordena.