IT ONLY TAKES TIME
Edición anotada · Gary, Indiana, marzo–abril de 1987 · 95 láminas
Marcos Cabobianco · Aparato: ATEM · 2026
Edición anotada del cómic de la gesta de Gary, el Mundo Nuevo. Los másters no llevan globos: el letrado va en cartelas bajo cada lámina. La prosa que acompaña las láminas es La Señal — la voz que entra cuando el televisor deja de tener canal —, y las notas del costado son la capa diegética del aparato: G resume y enlaza la ficha del Glosario, E marca el eco con otra lámina u otra gesta del Archivo, I el referente de afuera. Las notas se anclan a la viñeta (v1, v2…); la marca «·» señala nota general. La edición crece por rollos: lo que todavía no tiene imagen queda en nieve.
Lo que queda cuando el canal se va
El cielo sobre Gary era del color de un televisor sin canal. Eso lo decían los que vivían ahí, y no era una figura: las acerías habían dejado el aire cargado de un gris fino que a la noche tomaba la luz de sodio de las calles y la devolvía hecha nieve. En 1987 la ciudad tenía ciento diez mil habitantes, dos autopistas, un lago, y el setenta por ciento de su industria cerrada. Los que podían irse ya se habían ido.
Esto es lo que quedó grabado. No en una cinta —las cintas se pierden, se graban encima, se comen en la videocasetera—, sino en el ruido. Cuando un canal deja de emitir, la pantalla no se apaga: se llena de una estática que es la radiación de fondo del universo, el eco del primer segundo de todas las cosas, filtrado por una antena de techo. Ahí, en ese ruido, hay orden si uno sabe esperar. La gente de Gary sabía esperar. Lo que sigue es lo que la nieve dijo.
Habla de seis personas que no se conocían, o se conocían mal. De una fundación que se llamaba Génesis y daba becas. De un chico francés que dejó de escribir cartas. De una ciudad construida sobre arena en 1906 por hombres que creían en el acero como otros creen en Dios, y de lo que esos hombres enterraron debajo, porque sabían.
La Señal no explica. Muestra. Lo que no vio, no lo cuenta; donde la imagen se rompe, deja el corte. Eso es todo lo que puede prometer.
I. La ciudad que nació sobre la arena
Tres linternas sobre la orilla. Detrás, el perfil de las acerías muertas, y detrás de eso, el resplandor de las que aún no habían muerto, que teñía las nubes de un naranja de fósforo viejo. La luna estaba llena o casi. El agua del lago no se movía.
Los tres eran adolescentes. Jean, campera de jean, botas. Ninguno hablaba. Uno bajó el haz hacia el agua y el agua devolvió algo: una manga de cuero rojo, un guante de lentejuelas que atrapó la luz y la partió en cien puntos blancos. Un cuerpo, o la forma de un cuerpo, hundido a un metro de la superficie, entre las raíces sumergidas y el limo. La cara no se veía. Nunca se le vería la cara.
Un auto había quedado con los faros encendidos sobre la grava, mirando al lago, como si también él estuviera esperando. Los tres se quedaron parados con las linternas apuntando al mismo punto, sin acercarse. Sabían lo que era el lago. Sabían lo que Gary había tirado al lago durante ochenta años.
Ésa fue la primera imagen. Después vino todo lo demás.
Ciudad acerera sobre la orilla sur del lago Michigan, a cuarenta kilómetros de Chicago. En 1987 la industria que la creó está cerrada en un setenta por ciento y las pandillas ocupan lo que el acero dejó. Dos datos la marcan en el imaginario: aquí nacieron los Jackson, y de aquí se fue el acero.
La campera de cuero roja y el guante de lentejuelas son el único rojo que la edición se reserva. La figura sumergida no muestra la cara en ninguna lámina; el encuadre exacto de esta tapa vuelve en la 095, la contratapa, con la ciudad entera encendida.
La Señal abre con una variación de la frase con que empieza Neuromante (1984), la novela que fundó el ciberpunk tres años antes de esta noche: el cielo sobre el puerto tenía el color de un televisor sintonizado en un canal muerto. La imagen de la nieve de pantalla gobierna toda la edición.
Gary, Indiana. Fundada en 1906 por la United States Steel Corporation sobre un cordón de dunas al sur del lago Michigan, bautizada con el apellido del presidente del directorio, planeada en una mesa de dibujo con la forma de una T: el acero arriba, junto al agua, y la ciudad colgando debajo. Ochenta años después la T seguía ahí, pero el acero se había ido a Corea y las chimeneas eran frías.
La calle principal tenía las vidrieras tapiadas con madera. En una esquina ardía un barril, y alrededor había gente que no tenía frío. Hacia el sur, las dunas que la ciudad había aplastado volvían a subir: la arena entraba por las ventanas de las casas vacías y llenaba los livings hasta la altura de un hombre. Alguien había escrito, en los años veinte, un libro sobre Gary que la llamaba la Ciudad Mágica, porque había salido de la nada. Lo que sale de la nada tiene una sola manera de volver.
El cartel de bienvenida estaba a la salida de la autopista, agujereado a tiros, oxidado hasta el blanco. No decía nada. No hacía falta.
Fundada en 1906 por la United States Steel Corporation sobre las dunas del lago y bautizada con el apellido de Elbert H. Gary, presidente del directorio. Ciudad planificada en forma de T: la planta arriba, junto al agua; la ciudad colgando debajo.
Un libro de los años veinte la llamó Gary, the Magic City porque salió de la nada. La ciudad tiene sus propios mitos de creación y su mito de destrucción: muchos dicen que puede desaparecer, tragada por la arena otra vez.
La arena que vuelve sobre la ciudad rima con lo que la gesta revela al final sobre el mundo entero: que no es el de siempre sino uno que quedó después de que dos se tragaran juntos. Vuelve en la 079, cuando el mundo recibe nombre.
Seis personas. Las presenta la nieve, una por una, como fotogramas de un rollo que alguien pausó.
Un chico pálido, de diecinueve años, despertando entre los helechos con una pistola al lado y una guardaparque de pie sobre él con la linterna encendida. No recordaba cómo había llegado ahí. La pistola olía a disparada.
Una mujer con una máscara de luchador mexicano y guantes rojos, en un ring clandestino de un galpón sin nombre, pegando para que no se supiera su sexo hasta el último round. Se llamaba Chantal.
Un hombre de veintiséis con traje antiflama lleno de parches, puliendo el capó de un Buick en un lavadero abierto las veinticuatro horas. Glob. Había sido corredor. Un día, con la sangre llena de polvo, había chocado un auto que no era suyo.
Un adolescente de campera de jean sacando un juego de llaves del cajón de una cómoda ajena, a la luz de una lámpara. Danny De Sirio, al que nadie llamaba Danny.
Un chico negro con la cara verde de fósforo frente a un gabinete de arcade, las manos rápidas, la boca abierta. Ray. El último juego de la Robot Fire Arcade era el Space Harrier, y él lo jugaba muy bien.
La guardaparque otra vez, en su atalaya de madera, mirando pasar un helicóptero que no debería haber estado ahí. Sasha.
Todos veían algo que los demás no veían. Todavía no sabían qué.
Diecinueve años, chico prodigio de familia acomodada, formación científica de privilegio. Trabajaba en la Genesis Foundation hasta la habitación blanca. El archivo lo registra como el compañero que entra humano y sale otra cosa.
Despierta desnudo en el bosque, sin memoria, con un arma al lado; lo encuentra una mujer; en la casa de sus padres no hay nadie. Es la figura que abre el relato del nacimiento del héroe: el niño expuesto que el falso padre quiere muerto y el verdadero reconoce al final.
Chicana nacida en Gary, cirquera, cuidadora de animales, boxeadora clandestina con máscara mexicana para que no se supiera su sexo hasta el final. En el barrio le tienen miedo. Alguien la busca.
Veintiséis años, conductor y lavador de coches de un garage de veinticuatro horas, hijo de un corredor. Fue un atleta con futuro hasta el peor día de su vida: chocó, con la sangre llena de polvo, un auto que no era suyo. Le dicen Glob, Glove o Glovi.
Danny De Sirio, diecisiete años, el chico popular con documento falso al que llaman para comprar cerveza. Le roba el auto al padrastro para salir. El nombre por el que todos lo conocerán todavía no lo tiene: se lo pone en la 015.
Diecisiete años, compañero de secundaria de Danny, ratero de poca monta con conexiones que los pibes del barrio no denuncian. Anda por la Robot Fire Arcade, donde el último juego es el Space Harrier, y lo juega muy bien.
Veinticinco años, guardaparque de la Reserva de las Dunas. Investiga lo que en el parque llaman actividades paranormales; por eso, quizá, no tiene demasiada apertura hacia los seres humanos. Fue ella quien encontró al chico del bosque.
En una ciudad donde había cerrado todo, abrió una fundación.
El edificio estaba entre casas muertas y no se parecía a nada de Indiana: un bloque de acrílico blanco, encendido desde adentro como una heladera, con cuatro torres en las esquinas que remataban en anillos de metal. Las torres zumbaban. Nadie del barrio sabía para qué eran, y nadie del barrio preguntaba.
La fachada de abajo era una guardería. Chicos de guardapolvo cultivaban una huerta perfecta, hilera por hilera, bajo un sol que parecía también de acrílico. La imaginería de la fundación hablaba de nuevos niños que estaban naciendo. Daba becas. A los becados les hacía exámenes.
Arriba estaba Clara Kling. Traje blanco de corte masculino, pelo platinado tirado hacia atrás, un cigarrillo largo que nunca encendía, zapatos en punta que nunca se ensuciaban. Dirigía la Genesis Foundation desde un piso de oficinas de acrílico donde no había nadie. El pasillo era largo, blanco, vacío, y las luces del techo se reflejaban en el piso como en agua quieta.
El lema estaba en todas partes y no decía nada: It Only Takes Time.
Organización de fachada biotecnológica instalada en Gary con apoyo federal para reclutar Young Minds. Custodia un secreto bajo la ciudad y provee a quien le sirve armas que no son de esta época. La dirigen Clara Kling y Richard Bentham.
CEO de la Fundación, formada en Berlín. Traje blanco de corte masculino, cigarrillo largo sin encender, zapatos que nunca se ensucian. El archivo deforma su apellido de cuatro maneras; la edición usa Kling. Su caída es la lámina 054.
El lema de una fundación que se llama Génesis y examina niños. La industria del acero de Gary la levantaron los descendientes de Morgan, y esos descendientes dejaron una cláusula que obligaba a instalar el programa del que salió la Fundación: el padre muerto gobernando por testamento.
Lo último que Kendall recordaba era la habitación blanca. Dos hombres de traje lo habían sentado frente a un espejo, y detrás del espejo había alguien más, y detrás de él había entrado un tercero con una aguja. Sintió la aguja. Después, nada.
La nada tiene un color. Es el negro con el que un televisor rellena lo que no grabó.
Después de la nada, el bosque: el frío de la tierra en la espalda, los helechos, la pistola a un palmo de la mano con el caño todavía tibio. Sus huellas estaban en la culata. Alguien había disparado esa arma y ese alguien había sido él, o había tenido su mano.
Fue a la casa de sus padres. La puerta no tenía llave. Las camas estaban hechas, la vajilla en su lugar, ninguna taza usada. La compañía le había dicho que estaban de viaje. La casa estaba demasiado en orden para ser una casa de la que alguien se hubiera ido con apuro, y demasiado en orden para ser una casa donde alguien hubiera vivido.
Afuera llovía sobre un sedán con los faros encendidos, que no era de nadie que él conociera.
Kendall trabajaba para la Fundación desde chico y recibía inyecciones. Lo que entró por la espalda en la habitación blanca es el comienzo del arco que el archivo resume como circuitería en la sangre. Vuelve en la 027, el bautismo.
La viñeta vacía es el primer hueco de memoria del rollo. La edición marca los huecos, no los rellena: cuando la fuente se corta, la película se traba en el proyector. Vuelve en la 009 y en la 049.
Antes del amanecer el lago se puso de platino. Sobre el agua no había nada: una orilla, una lancha, el perfil de la costa. Pero Kendall, y solamente Kendall, vio la otra mitad: bajo la superficie ardía un fuego cian, un incendio de agua fría con el contorno doble de los tubos de neón, y las llamas subían sin calor y sin humo hasta tocar la niebla. Las acerías estaban cerradas. Nadie podía estar quemando nada.
Sasha lo había cargado hasta la cabaña de supervivencia del Camino de los Indios, entre las dunas: latas, arroz, bengalas, una lámpara colgada de un gancho. Cuando él abrió los ojos bajo la lámpara dijo, sin preámbulo, que estaba llegando una potencia cósmica. Que a este lugar. Y que ella era parte de su descendencia.
Ella era de una familia negra tradicional del norte. Nada de vudú. Se quedó en el umbral con el rifle a medio alzar, entre el desconocido que hablaba de potencias y las luces que se movían en el sector este del bosque, donde no había casas y no debía haber motos. Eligió las luces. Él la siguió, envuelto en una frazada, descalzo.
Un sedán pasó por la avenida mojada con las luces traseras encendidas. La ciudad seguía siendo la ciudad.
El fuego bajo el lago es la primera señal del dios que duerme bajo la ciudad. El archivo lo había nombrado antes que a ninguno, en un libro abierto por casualidad: un orisha de hierro, uno de los más poderosos de todos, en una ciudad de acero.
Lo que Kendall le dice a Sasha al despertar es lo que la Fundación busca: ella tiene una semilla, una descendencia directa de eso que está llegando. A él lo plantaron en el bosque, justo donde ella trabaja, para encontrarla.
Los seis empiezan con algo que el archivo llama dimensional sight: ven cosas que las demás personas no ven, un edificio que no estaba, un fuego bajo el agua. En la cabaña de Sasha aparecerá pronto un manual de campo de un departamento que no existe, dedicado exactamente a eso.
El Firebird entró al claro con un cassette del padre de Danny sonando y dos figuras a contraluz esperándolo junto a una camioneta. El trato era simple: doscientos dólares de Ray, treinta de Glob, un polvo nuevo que entraba por los docks del lago y que la gente de la ciudad llamaba la Ferrari de las drogas. Del otro lado estaba Chantal, que trabajaba para los que vendían, y un hombre de nariz rota con un perro blanco cosido en la campera al que llamaban Stinky.
Fue ahí. Entre los pinos, en el haz de los faros, apareció el chico del poncho, descalzo, con la frazada roja cerrada al cuello, y dijo que perdonaran, que no quería interrumpir, pero que estaba pasando algo en ese lugar. Ahora.
Los Dogs se pusieron nerviosos. Alguien chifló hacia la noche. Y la noche contestó: motos, muchas, encendiendo los faros a la vez desde el borde del bosque y cerrando un círculo de luz sobre el claro. Para el que no veía, eran motos. Para el que veía, en el borde de los pinos había siluetas que no eran de hombres, dibujadas en un contorno frío que sólo existe en las pantallas.
Chalecos negros con un perro blanco de lengua afuera y collar de púas. No son una pandilla vieja: a comienzos de 1987 su jefe mató a los líderes de las dos bandas grandes del oeste y se quedó con la jauría para mover un polvo nuevo que baja en botes por el lago. El de la nariz rota es Stinky.
Las siluetas de contorno frío en el borde del bosque son la primera vez que la edición muestra el mundo como lo ven los que ven. Vuelve en la 009, cuando los mismos hombres aparecen con la calavera puesta.
El error fue tocar el auto. Stinky levantó el revólver por la culata y reventó un faro del Firebird para reírse, y Danny y Glob, que hasta ahí estaban tranquilos, dejaron de estarlo.
Lo que siguió cabe en un solo fotograma barrido: el tiro al aire de Sasha con una pistola que nadie sabía que tenía, el bate de Glob cruzando el brazo de Stinky con un ruido de rama verde, el revólver en el suelo, Chantal decidiendo en medio segundo de qué lado estaba.
Entonces llegó él. Una Harley que sonaba distinto a todas las demás, con sidecar. Barba afilada, lentes negros a las tres de la mañana, y en el sidecar una cosa chica y fétida que no era un perro ni era un mono, con los ojos encendidos. Rat Killer, el Matarratas, que en dos meses había matado a los jefes de las dos pandillas del oeste y se había quedado con la jauría. No corrió. Los miró. Les dio ventaja.
El Firebird salió del bosque con un solo faro y seis personas adentro, cuatro atrás y dos adelante, por la avenida muerta de los suburbios que el acero había construido y la importación había vaciado. Para ellos empezaba la cacería.
El Matarratas. Barba afilada, lentes negros en plena noche, una Harley que suena distinto. Llegó a Gary a fines del invierno y en dos meses hizo lo que nadie: mató a los jefes de las dos pandillas del oeste y se quedó con ambas. Lo mueve la droga nueva, no el territorio.
La cosa fétida del sidecar es gobelinoide y no es ningún animal de este mundo. Es el primer dato del archivo sobre lo que Rat Killer arrastraba consigo; el segundo lo dará Kendall en la tienda de maniquíes.
Cuatro atrás, dos adelante, un solo faro. Es la primera vez que los seis de la 003 comparten un encuadre. La ciudad que atraviesan son los suburbios que el acero construyó para sus nuevos ricos y la importación vació.
Escondieron el auto en una tienda de maniquíes. Un local de galería anterior a los shoppings, vaciado de mercadería pero no de cuerpos: decenas de figuras blancas de pie en la oscuridad, y una sola linterna para saber quién era quién. Afuera, pasos, cueros que crujían, algo metálico probando la reja.
A Kendall le dolió la cabeza de golpe. Miró a los que acechaban tras las vidrieras y los vio con la calavera puesta. No una máscara sobre la cara: la calavera como parte de la cara, dibujada en el aire con un magenta que no venía de ninguna luz del local. ¿Eran máscaras o no eran máscaras? La humanidad es una máscara. Esa noche los Dogs se habían puesto las suyas.
El techo cedió. Entre el polvo y los cascotes cayó al centro del local un hombre arrastrando la bañera del piso de arriba, y se incorporó con un cuchillo de treinta centímetros y una sonrisa. Rat Killer sabía dónde estaban. Dijo: mirá los amigos que tenías.
Ahí la película se traba en la ventanilla del proyector. El fotograma se desregistra, se ven las perforaciones, la imagen se ampolla y se derrite en mitad del salto. Lo que pasó en esa tienda no quedó grabado. La Señal no rellena lo que no vio.
Kendall ve a los Dogs con la calavera como parte de la cara, no encima. La pregunta que el archivo conserva es si son máscaras o no son máscaras. Esa noche los Dogs se habían puesto las suyas; la edición dibuja la visión en magenta, el color reservado a lo que sólo el sight ve.
El local de galería abandonado, con los cuerpos blancos de pie en la oscuridad, es una locación de 1987: el mismo año se estrenaba Mannequin, y la mesa lo nombró. El género del que el cómic toma su luz es el mismo que el escenario cita.
La grabación de esa noche se corta en mitad del salto y el combate de la tienda no quedó registrado. La edición no lo inventa: donde la fuente se rompe, la película se derrite en la ventanilla. Vuelve en la 049, en la Torre de Cristal.
En el diner no había nadie, porque en Gary nadie tenía plata para un diner. Una chica rubia, de suéter rosa, resfriada, lloraba sobre una mesa cubierta de cartas. Enfrente, un hombre negro mayor, campera de cuero gastada, sombrero, ojeras, dejaba caer un chorro de la petaca en el café con la naturalidad de quien lo hace todas las mañanas. Jean-Baptiste. Detective privado. Nueva Orleans, hacía mucho.
Ella se llamaba Emily Larson. Su prometido, Francis Le Pen, francés, veinticinco años, había dejado un puesto en Chicago por una pasantía en la Genesis Foundation. Al principio escribía y llamaba. Después la cosa se enfrió. Después llegó una carta de renuncia que la fundación le mostró con una sonrisa: se volvía a Francia, con la familia. La familia, en Francia, tampoco sabía nada de él.
Ella puso la última carta sobre la mesa. Era su letra. No era él. Él jamás hubiera escrito eso.
Se dieron la mano. Por la ventana, al fondo, encendida en la noche como una heladera abierta, estaba la Genesis Foundation.
Estudiante de familia acomodada de Michigan, astilleros y madera. Su prometido dejó de escribir y después escribió mal. Los padres le dijeron que si el pibe se fue, se fue. Ella no lo creyó y bajó a Gary a buscar a alguien que la escuchara.
Detective privado haitiano, el más adulto del grupo. Campera de cuero gastada, petaca en el café, un revólver encima, una madre que le enseñó algo del vudú. Toma el caso por plata y lo sigue por otra cosa. Su golpe final está en la 066.
Veinticinco años, francés, brillante, pasante de la Fundación en el área de biología. Renunció hace dos semanas para volver a su patria, según el legajo. El archivo dice otra cosa de él, y la dice en la 029.
En una de las cartas, Francis contaba haber conocido a una Nancy que era muy importante para él. El detective lo conecta recién en la 016, y la pensión de la 017 apunta al sur.
Antes de Gary hubo otra cosa. La Señal la trae como lo que es: una emisión que se mete en el canal, seis pantallas de tubo encendidas en un living oscuro de 1987, con el fósforo verde ganándole al color.
Primera pantalla: nieve. Segunda: la nieve se abre a un vacío con puertas flotando, lejanas, y en el umbral de las puertas una congregación de esferas y ojos que espera. Tercera: en el centro del cosmos, entre soles, un sultán danza, airoso, girando. Aquel que está en el umbral de las puertas lejanas. Los que lo encontraron dijeron que era un ser de posibilidades incomprendidas, y que había otros mundos aparte de éste.
Cuarta y quinta: la emisión se degrada, se enrolla, vuelve a ser ruido.
Sexta: un televisor en una vidriera de Gary, con la ciudad de sodio reflejada en el vidrio, apagándose.
Ahí se cortó la historia. Y empezó Gary, Indiana, 1987.
Las crónicas del Mundo Nuevo nombran a esta potencia como la que cooptó el mecanismo de las plataformas, y ya figuraba entre los enemigos de otra gesta, en la Nueva York de 1784. Los que la encontraron dijeron que era un ser de posibilidades incomprendidas.
Un sultán en el centro del cosmos que danza airoso, entre soles: la figura viene del ciclo de los dioses exteriores, donde en el centro del caos último hay un sultán demonio, ciego e idiota, que tantea en la oscuridad al son de flautas.
La frase con que se cerró la historia anterior y empezó Gary. La gesta que la Señal interrumpe fue la del fin de un mundo doble; lo que sigue es lo que quedó. Vuelve en la 032 y en la 079.
II. Operación Armisticio
El hombre alquilaba una pieza con una lámpara de escritorio y una radio. Se llamaba Schultz, o eso decía el nombre bordado en el uniforme de seguridad que usaba de día en el perímetro de la Genesis Foundation. El sueldo que le importaba se lo firmaban en otro idioma. Lo habían formado en Alemania Oriental, después de que alguien en Moscú notara en él una actividad que no figuraba en ningún manual. Encendedor plateado. Traje azul. Un hombre que sabía cuánto podía correr sin perder el ritmo.
El morse llegó de madrugada, en inglés coloquial, escondido a la vista: Ask the kids. Follow their lead. La cinta perforada colgaba del escritorio hasta el piso.
Su operación se llamaba Armisticio. Terminar la guerra antes de que empezara. El diagrama que le habían dado brillaba en verde de fósforo: un anillo de hierro y acero, un agujero de gusano en miniatura, un dispositivo que necesitaba un lugar exacto del planeta para sostenerse. Gary no había sido construida porque sí. Vista desde arriba, con la ciudad superpuesta a un mapa más viejo, las acerías caían sobre alineaciones de piedra que los nativos conocían y otros habían conocido antes: megalitos donde ahora había torres de enfriamiento.
Schultz leyó el papel dos veces y lo quemó con el encendedor. Miró arder el borde. Después fue a trabajar.
Hace las rondas del perímetro de la Fundación y cobra ahí, pero el sueldo que le importa se lo firman en otro idioma. Formado en Alemania Oriental después de que alguien detectara en él una actividad que no figura en los manuales. Conoce su salida de emergencia en latidos por minuto.
Terminar la guerra antes de que empiece: no ganarla, terminarla. Dominio psíquico y portales, agujeros de gusano en miniatura abiertos donde el tejido de la realidad está delgado. Los portales necesitan un anillo de hierro y acero, y por eso Gary.
Los megalitos bajo las acerías son lo que Clara Kling le contará a Kendall en la lámina siguiente: la ciudad fue pensada como mágica desde el principio. Debajo hay una cámara esférica con seis puertas que abren a seis épocas. Vuelve en la 077.
Cuando Kendall volvió a su cuarto, ella estaba sentada en la cama. A oscuras, con el cigarrillo largo sin encender, las piernas cruzadas, el traje blanco recogiendo la poca luz de la ventana. Clara Kling no había forzado nada. Tenía llave.
Le dijo que entendía lo fuerte que había sido. Que estaba vivo, y que su mirada estaba cambiando. Lo llevó a la ventana y le mostró el amanecer gris industrial y le contó lo que la ciudad era: un lugar pensado como mágico desde el principio, sobre líneas antiguas. Él no había sentido una llegada, le dijo. Había sentido un despertar. Algo que estaba acá hace mucho, dormido, y que ahora empezaba a soñar.
Kendall miró la ciudad y la vio doble. Debajo del horizonte de chimeneas había un contorno, apenas, del color del óxido, largo como diez cuadras, con algo que podía ser un rostro. No lo tocaba la luz. Nadie más lo veía.
También le dijo que un muchacho francés muy prometedor, de una oficina cercana a la suya, había desaparecido. Y que sus padres estaban bien: la compañía les había dado un premio, la mejor suite del Holiday Inn. Él fue a verlos el domingo. Brindaban con copas de whisky y sonreían con toda la cara. Eran felices. Técnicamente.
El contorno de óxido bajo la ciudad es el dios de hierro que la gesta tardará en nombrar. Del cuerpo de esa potencia el archivo sólo fijó una anomalía: doce dedos en lugar de diez. Cuando aparece, aparece con la cara de otro. Su nombre verdadero se dice en la 091.
Los padres de Kendall, drogados hasta la cabeza y sonrientes en la suite del Holiday Inn, son los primeros de una serie: la Fundación muda a las familias de los compañeros con distintas excusas, y todas están contentas. Vuelve en la 042.
Danny rompió la puerta del garage desde adentro. Un robo tiene que parecer un robo: la madera astillada hacia afuera, las herramientas tiradas, el candado en el piso. El Firebird ya no existía y alguien iba a tener que explicárselo al padrastro. Mejor que fuera la policía.
Pero antes del 911 llamó a otro número. Fort Diamond Lake, base de la Fuerza Aérea. Pidió por el Coronel Falco. En la pared del pasillo, entre las fotos familiares, había una del coronel de uniforme, condecorado, con el fondo de un país verde. Vietnam. Prisionero largo tiempo, de los que vuelven distintos y no lo cuentan. Su tío por parte de madre, la única persona de la familia que le hablaba como a un adulto.
Le pidió que investigara un robo. Le dijo que quería ser su carta en la calle. La voz del otro lado tardó un segundo, y después dijo que las cosas estaban en movimiento, y que lo iba a contactar.
Después, castigado, sin auto, salió del Radio Shack de la avenida con un paquete chico bajo el brazo. No dijo qué era. Nadie le preguntó.
Oficial de la Fuerza Aérea, veterano de Vietnam, prisionero largo tiempo en las jaulas de bambú. Tío de Pontiac por parte de madre. El archivo lo nombra apenas, al final de una llamada, y fija la grafía: Falco, no Falcón.
La base a la que llama Pontiac lleva el nombre de un lago que el archivo vuelve a encontrar en un cuaderno carcomido: 1887, Diamond Lake, Chicago, un eclipse. Qué cerca. Vuelve en la 073.
Lunes, tres de la tarde, el diner vacío. Se fueron juntando en la mesa del fondo como si lo hubieran hecho toda la vida.
Glob llegó con una pila de panqueques y doscientos dólares que puso sobre la mesa, plata de la moto de Rat Killer que había vendido por una luca. Danny, que ahora se hacía llamar Pontiac por el auto que ya no tenía, había rapado los costados y se había levantado una cresta: chaleco de leopardo, remera blanca, Cherry Coke. Chantal se sentó sin decir nada; afuera, en la vereda, una jauría de perros de la calle la esperaba mirando la ventana. Kendall llevaba la cara pintada con un rayo, como en la tapa de un disco que todos conocían.
Compararon versiones. El pandillero no había explotado como una persona normal. Habían visto cosas distintas. Ninguna de las cosas era normal.
Un sedán corporativo estacionó frente al vidrio y bajó un hombre de traje azul, abriendo y cerrando un encendedor plateado. Se presentó como enviado de la fundación: Clara Kling había dicho que iba a hacer que estuvieran cuidados.
Cuando se levantaban, el viejo de la barra giró apenas el sombrero. ¿Kendall?, dijo. Soy detective privado. Me contrató la novia de su amigo.
Dos tarjetas quedaron sobre la fórmica, entre los billetes.
Desde esta mesa Danny De Sirio se llama Pontiac, por el auto que sacrificó en el claro. Cresta, chaleco de leopardo, Cherry Coke: el chico popular rehecho como punk en una semana. El archivo conservará ambos nombres.
Kendall llega pintado como la tapa de un disco de 1973. La gesta cerrará con otra figura de presencia Bowie, de tres metros y cabellera platino, que los llamará sus niños. Vuelve en la 091.
Desde la noche del claro, Chantal entiende a los animales sin hablar: los pájaros la miran, los perros se detienen. La jauría de la vereda es el primer signo visible. Un perro de metal la seguirá en la 024.
A las ocho cayó la noche y en la esquina de la casa de Glob se encendió un barril con gente alrededor. No hacía frío. Chantal y Glob lo miraron desde la ventana del altillo sin encender la luz.
El que se acercó a la puerta fue Stinky, con el brazo vendado y una máscara de chancho que le tapaba media cara. Detrás, una docena de máscaras de cerdo y de calavera, y el chasquido de los encendedores prendiendo trapos en botellas. Dijo que si no, le prendían fuego a la casa.
El padre de Glob había muerto en el fuego. Glob disparó primero.
La botella que volaba estalló en el aire y cuatro hombres rodaron por la arena envueltos en llamas, contra los faros de un auto que arrancaba. Después vino lo otro: un mastín negro, enorme, con collar, que nadie había visto llegar, mordió al que mandaba —el alto, el que había venido a mostrarse como el nuevo jefe— y lo arrastró por el suelo hacia la oscuridad. El ladrido era hueco, metálico, y salía de él en anillos que se veían.
Chantal miró al perro y el perro la miró. No era de ella. Nadie llamó a la policía.
Collar grande, ladrido hueco y metálico, y nadie lo vio llegar. El archivo no lo identifica con certeza, pero la gesta tiene un perro de metal viviente con triples dientes que rompe hierro y obedece a Chantal. Aparece en la 024.
El padre de Glob, corredor, murió en el fuego. La amenaza de quemar la casa fue la única que no podía tolerar. El nuevo jefe de los Dogs, mordido y en shock, dirá adentro el nombre que faltaba: la Tía Nancy.
La pensión de Francis Le Pen quedaba cerca de la zapatería de McDougall, en una zona todavía buena. Ganzúa, linternas, peldaños que crujían. El cuarto estaba vaciado con método, como vacía la gente que sabe lo que busca. Quedaba la cama de hierro, el colchón, la cómoda con la lámpara.
Bajo el colchón, un sobre de papel madera. Fotografías en blanco y negro, de una revista francesa de más de diez años atrás, con un olor a metal que subía del papel: mujeres de pie en interiores oscuros, y detrás de ellas, en el grano de la foto, sombras de patas largas. Las chicas araña. Un anuncio marcado con una casilla de correo en Nueva Orleans.
En el baño, la cortina arrancada y vuelta a colgar. En los azulejos, cuatro surcos paralelos de garra, hondos, rellenos de una pasta gris que no era yeso. Plomo. No había sangre. El baño es lo más fácil de lavar.
En el desagüe de la pileta, encajada, una tarántula muerta, grande como una mano, peluda, medio podrida. No era de la zona. Sasha recordó que entre los pájaros muertos del bosque también había encontrado una araña, más chica, que tampoco lo era.
Tres pistas, y las tres apuntaban al sur. A una tal Tía Nancy.
Aunt Nancy: matriarca de una facción clandestina en las profundidades de Gary, con una casilla de correo en Nueva Orleans y fiestas en las cuevas de las que no todos salen. Tortura con corte de dedos y marcas rituales; practica una alquimia de plomo a plata a oro. El nombre es un título, no una persona.
El plomo en los surcos del baño y la bala de plomo expulsada del pecho de Chantal en el claro son el mismo metal. La gesta lo hará doctrina: plomo en plata, plata en oro, el corazón en luz. Vuelve en la 029.
Las sombras de patas en las fotos y la tarántula del desagüe abren el motivo arácnido de la gesta: la matriarca es una araña, su guardiana tiene rasgos de insecto, y bajo la ciudad hay un techo que no es techo sino tela. Vuelve en la 022 y en la 028.
Martes. En la cocina de la casa de Glob, sobre la hornalla, un cucharón con anillos y aros de plata que se ablandaban al fuego azul. Schultz los había traído en el bolsillo: eran suyos, o lo habían sido. Alguien preguntó por qué estaba haciendo balas de plata en la cocina. Dijo que por si había hombres lobo. O algo peor.
Doce balas en el molde de hierro, alineadas, todavía humeando. Un mundo donde un agente formado en Alemania Oriental funde su plata para cargar un revólver no es un mundo que haya perdido la razón: es uno que la está usando.
Sobre la mesa, Glob desplegó lo suyo como quien pone las cartas boca arriba: la granada del abuelo, veterano de Vietnam; tres granadas de sueño; dos máscaras antigás; un amplificador de luz nocturna primitivo, comprado el lunes a la mañana con los doscientos dólares de la moto. Sonreía. Era el único que sonreía.
Las manos se extendieron desde los bordes de la mesa y cada una recibió dos balas. Seis pares de manos: una con las uñas comidas, una vendada, una con tierra de bosque en los nudillos, una más vieja que las otras. La Señal las conserva así, abiertas, antes de que se cerraran.
La mesa fundó el gesto en dos libros: el Licaón de Ovidio, primer hombre lobo, castigado tras el diluvio de Zeus, y el Manuscrito encontrado en Zaragoza de Potocki, con sus gemas a la luz de la luna. La plata contra el lobo es tradición moderna; el diluvio y la gema son los de esta gesta.
El arsenal casero de Glob es la última vez que los compañeros pelean con lo que tienen. En dos semanas la Fundación les dará juguetes del futuro y la escala de la historia cambiará. Vuelve en la 037.
Fueron a pie entre las dunas hacia el risco del sur, con Sasha de guía y luna llena, por donde el arroyo se estrecha entre las vías muertas de las minas. Chapoteos en la oscuridad. Alguien nadaba.
Entre dos elevaciones vieron el resplandor azulado: un hombre vestido como de otro siglo, barba, abrigo largo, alzando un cristal encendido en la mano. Dijo algo en una lengua que después reconstruirían como alemán, o ruso. Y en inglés: vos lo pediste.
Del costado, con la luna detrás, saltó el lobo. Más grande que el encuadre, garras que sonaban a metal, sobre Sasha, que acababa de cerrar el puño alrededor del cristal caído. Los zarpazos fueron hondos y dejaron algo negro en las heridas.
El cristal tenía al lobo adentro. En miniatura, de pie, rojo, huyendo. Cuando Sasha lo apretó, la figurita sufrió, y a veinte metros la bestia real retrocedió y se perdió corriendo entre los pinos. Una prisión que era también un mando.
Schultz capturó al hombre del cristal, malherido, y lo llevó contra un árbol. Hablaron en el idioma del otro. Los demás miraban sin entender. Después vino el fogonazo, fuera de cuadro. Nadie preguntó.
Entre las dunas, un poco más allá, refulgían a la luz de la luna las bocas de unas cavernas, y adentro, a quinientos metros, el resplandor de una hoguera.
Del tamaño de un puño, facetado. Cuando quien lo sostiene lo aprieta, la figura de adentro sufre, el cristal se pone rojo y la bestia real huye. No es una prisión: es una prisión que además es un mando. Después se sabrá de quién era, y será peor.
Una criatura viva encerrada en una gema que la gobierna rima con la cosmología mayor del Archivo: hay un mundo entero que fue creado dentro de un cristal. La gesta volverá a esa idea bajo la ciudad, en una torre de cristal púrpura. Vuelve en la 046.
El hombre de ropas anacrónicas contesta en la lengua de Schultz al mensaje que Schultz recibió en morse. Antes de morir suelta un nombre que suena a código y que el archivo tardará en atribuir. La guardiana que lo lleva entra en la 028.
La ejecución no se dibuja: la edición muestra la espalda del agente y el árbol, como muestra todas sus atrocidades, por consecuencia y elipsis. El que dispara sabe cuánto puede correr sin perder el ritmo; también sabe esto.
Acá la Señal vuelve a ser ruido. No porque la historia termine: porque el rollo todavía se está grabando. Del otro lado de la nieve hay una casa de fiestas en las cuevas de Miller's Beach de la que no todos salen, una corona que se cose a la frente de un hombre vivo, una catedral de concreto con una virgen negra que llora, un anillo de hierro bajo la ciudad y un eclipse con fecha. La Señal las tiene. Las va a mostrar cuando el canal vuelva.
Mientras tanto, la pantalla queda así: gris, viva, llena de un ruido que es la edad del universo. Si uno espera lo suficiente, se ordena.